En este momento y en lo que respecta al consumo colaborativo (o sharing economy) estoy atravesando una fase de sensaciones encontradas: Hay cosas que me gustan y otras que no. En estos dos artículos estoy recopilando y resumiendo las unas y las otras.

Estas son las COSAS QUE ME PREOCUPAN DE LA SHARING ECONOMY (en este otro post puedes leer lo que me gusta de ella):

Contradicciones  entre usuarios y plataformas

Los usuarios y defensores del consumo colaborativo como motor de cambio han aprovechado la ola de éxito de las grandes empresas como Uber o Airbnb y han utilizado su energía para dar a conocer el “fenómeno Sharing” en todas partes. Esas grandes empresas, a su vez, se han apoyado en la base de simpatizantes que tiene esta nueva realidad. Pero en esta relación, que hasta el momento ha funcionado bien, yo no puedo evitar ver algunas contradicciones que no se si se podrán mantener mucho tiempo.

Cuando un usuario reserva alojamiento en un p2p de home sharing puede que tenga la sensación de estar alquilándole un apartamento o habitación a una persona en lugar de a una empresa y puede ser que uno se sienta satisfecho de haber puenteado a las grandes cadenas de hoteles y corporaciones. Se trata de hacer con mi elección un pequeño acto de rebelión personal contra un sistema injusto.

Las grandes compañías de la sharing economy también están mostrando un carácter “anti-sistema” especialmente en la forma en que se están comportando con respecto a las normativas que se encuentran en los distintos lugares donde operan. Pero este discurso acerca de las regulaciones del lado de las compañías es muy diferente al de sus usuarios y un poco difícil de conciliar con áquel si se piensa bien.

A veces he llegado a escuchar la expresión “inflación de normativa” y lo que viene a decir es que existen demasiadas normas y demasiadas complicaciones para que las empresas puedan innovar y operar con tranquilidad. Se defiende que necesitamos una normativa del siglo XXI adaptada al cambio de paradigma que la sharing economy supuestamente representa y que nos muestra que los sistemas de reputación online y de valoración entre usuarios son superiores a los anticuados controles públicos o licencias.

Me parece bastante curioso como en lo sharing, ahora mismo, esta conviviendo una tendencia hacia la desregulación donde se valora especialmente la libertad de mercado y se  propone la desaparición de trabas para las empresas, con un sentimiento anti-mercado y anti-corporativo.

¿Hay una ideología latente?

Estaba dándole vueltas a este tema cuando me encontré con este revelador artículo. En el se dice que para muchas empresas tecnológicas e innovadoras, incluidas las de la sharing economy, ser “disruptivo” ha pasado de significar tener capacidad de transformar un sector gracias a la innovación, a defender la desregulación.

En el artículo se llama la atención sobre un detalle que tiene gracia: el fundador y CEO de Uber, Travis Kalanick, tenía como avatar de Twitter una foto de la edición original del libro “El Manantial” de la escritora Ayn Rand cuya literatura parece que no solo ha inspirado al conservador Tea Party sino también a algunos innovadores emprendedores del mundo digital como a Kalanick o Jimmy Wales creador de Wikipedia.

La economía colaborativa ha aparecido con la idea de que supone un cambio de paradigma económico y social pero ¿en que consiste ese cambio y que piensan de verdad los que lo están liderando?.

En nuestras sociedades este es el paradigma: la normativa expulsa del mercado a quienes no cumplen los requisitos mínimos en materias importantes como la seguridad, la higiene u otras cuestiones importantes para defender al consumidor. Por poner un ejemplo, si se exige que el transporte de pasajeros como los autobuses tenga tacógrafos y varios chóferes que se turnen en un viaje largo, no es para fastidiar a los innovadores sino para garantizar la seguridad del viajero.

El Lobbying colaborativo

Que yo me presente como empresa ante las autoridades encargadas de regular mi sector para intentar conseguir una normativa que me sea favorable es una cosa, pero si además de eso consigo que quienes se presenten sean un montón de votantes y de gente que paga impuestos, seguro que tengo más oportunidades de que me tengan en cuenta.

Aquí tenemos menos tradición en esto que en otros lugares se llama grassroots lobbying que es el que no se hace directamente, sino consiguiendo movilizar a una base de simpatizantes de una causa. Empresas como Airbnb son expertas e incluso van más allá. En este artículo se habla de Douglas Atkin que ha escrito un libro sobre como las compañías pueden crear devoción parecida al culto usando las técnicas que utilizan los verdaderos cultos. Su libro se titula “El culto de las marcas: transforma tus clientes en verdaderos creyentes” y Airbnb le ha contratado como jefe de comunidad.

Me da la sensación de que todavía hay gente que piensa que las grandes plataformas de la sharing economy han venido con el objetivo de mejorar el mundo. Yo estoy bastante convencido de que su objetivo es más bien comerse la mayor parte del pastel/mercado que puedan y, si por el camino, ayudan a hacer que el mundo sea mejor, perfecto, y si no, pues tampoco pasa nada. No es que me parezca mal esta forma de ver las cosas ya que no se trata de ONGs si no de negocios que no esconden su ánimo de lucro, pero en todo lo que rodea a la economía colaborativa hay una tendencia al discurso utópico que a mi personalmente me chirría un poco.

Las personas que defienden la economía colaborativa suelen ser gente inquieta y comprometida y lo que a mí me preocupa es que parte de esa energía social y política se esté realmente dirigiendo a conseguir beneficios para agendas corporativas particulares. Si finalmente el resultado de todos los esfuerzos de quienes han participado en la economía colaborativa es que el mundo entero va a acabar pasando por caja cada vez para más cosas, directamente o via Irlanda u otro paraíso impositivo, por empresas de gran tamaño situadas den San Francisco y alrededores,  la utopía colaborativa empieza a parecerse a un futuro peligroso y distópico.

Cuando se celebró la primera manifestación a favor del home sharing en Barcelona en la web de Airbnb apareció publicado este texto. La reacción que me provoca al leerlo es un buen ejemplo de esta inquietud y desconcierto al que me refiero en este artículo.

Manifestación a favor del homesharing en la web de Airbnb
No esta claro Que es consumo colaborativo y que  no

Es posible que falte concreción a la hora de saber de que estamos hablando cuando nos referimos a la sharing economy. Ya se han propuesto algunas alternativas más apropiadas que consumo colaborativo como por ejemplo consumo conectado. En este artículo intenté hacer una aproximación a que es a lo que nos referimos cuando hablamos de economía colaborativa, consumo colaborativo y sharing economy.

Hay quienes proponen una definición estricta y  dicen que las posibilidades transformadoras del consumo colaborativo solo se pueden atribuir a aquellos planteamientos que están realmente basados en la existencia de un activo con “capacidad ociosa” que gracias a la plataforma p2p se puede aprovechar al máximo. Uber tiene varios servicios y solo uno de ellos sería susceptible de ser sharing economy o Airbnb alquila en su plataforma apartamentos turísticos junto con habitaciones en la misma casa que el host  o alquileres de vivienda cuando el anfitrión no se encuentra en casa por que se ha ido unos días de vacaciones. Solo estos dos últimos podrían considerarse consumo colaborativo según esa definición.

Lo cierto es que muchas empresas para crecer han aceptado que su modelo de negocio sea un batiburrillo de oferta B2C y p2p de servicios variados, unos con características de consumo colaborativo y otros no, cada uno de los cuales puede tener una problemática distinta. Parece que que muchos de estos portales no han asumido ningún  compromiso en mantener la horizontalidad propia del p2p ni en basar su negocio en la capacidad ociosa de las cosas. Esto tiene el peligro de que expresiones como consumo colaborativo o sharing economy empiecen a perder sentido y credibilidad.

Hay quien defiende que es hora de que se vaya aclarando quien se está dentro del consumo colaborativo en realidad y quien no.

Por último tan solo hacer una referencia aquí a lo que ya he tratado antes en este otro artículo sobre el modelo de crecimiento acelerado que siguen estas grandes redes y la mentalidad monolítica con la que intentan implantarse en los distintos países y ciudades, según la cual las normas locales han de adaptarse a su modelo de negocio en lugar de ser ellos los que introduzcan en él flexibilidad y adaptabilidad a sensibilidades diversas.

En este artículo he hablado del lado oscuro de la sharing economy, en este otro artículo hablo de por que me gusta y me parece un fenómeno interesante. Es un asunto al que sigo dando vueltas y sobre el que me gusta escuchar lo que piensan los demás. Estáis invitados a tomar partido dejando un comentario o enviando un email con vuestras opiniones.