Desde que los fundadores de Google —asesorados por el financiero Warren Buffett— la descubrieran, Silicon Valley viene explotando una debilidad de Wall Street. A cambio de encontrar dónde poner todo ese dinero, los mercados están dispuestos a hacer concesiones.

El sector financiero no puede vivir sin refugios para dejar aparcados parte de sus fondos, como la deuda pública de países que se portan bien. En la crisis del coronavirus, es curioso ver a los mercados regar generosamente economías que en la anterior eran prácticamente unas apestadas. Aquel lucrativo ataque de entonces añadió gasolina al polvorín político y social de la austeridad.

Además de sitios seguros para protegerlos, los inversores también necesitan que sus fondos se multipliquen. Uno de los pocos espacios propicios en la últimas dos décadas ha sido el tecnológico. Allí, una lluvia de crédito persistente creó las condiciones ideales para que aparecieran verdaderos reinos digitales. Durante el confinamiento de abril, los líderes de cuatro de ellos se sentaban por videoconferencia ante el congreso de los EE.UU.  para responder por presuntas prácticas de monopolio que estarían poniendo en peligro las economías y democracias.

En contrapartida, las grandes tecnológicas actúan como agentes de «financierización». Con el músculo del crédito, son capaces de disciplinar a las economías nacionales sector a sector de acuerdo con las preferencias de esos inversionistas que les patrocinan. En el caso del turismo, Airbnb es el gigante digital del sector que hace avanzar ese proceso, como se ha explicado en otro artículo.

La asociación no es del todo pacífica. Entre finanzas y tecnología hay una interdependencia con afinidades, pero también rivalidades y una transferencia de poder. El propio sector financiero estaría probando a veces de su propia medicina, teniendo que plegarse a ciertas exigencias de sus patrocinados estrella. 

La infalibilidad del fundador

Los accionistas de Airbnb, como se contaba en aquel artículo enlazado, tienen que olvidarse de cobrar dividendos anuales y hacerse a la idea de que su opinión no cuenta al gestionar la empresa. En su salida a bolsa, además de avisar de que no se repartirán beneficios al final de año, «la compañía se apunta a una tendencia que iniciaron Google y Facebook: mantener el control del equipo fundador por medio de la emisión de acciones duales. Los tres socios originales de Airbnb se reservan el 43,8% de las acciones de Clase B, cada una con derecho a 20 votos contra uno solo de las ordinarias.»

Esta organización del accionariado menos democrática de lo habitual está teniendo buena acogida en mercados de valores tecnológicos que han estado recalentándose desde el verano. Hasta finales de diciembre, el 41% de las 41 tecnológicas que salieron a bolsa en 2020 lo hicieron con acciones duales según el WSJ.

Al entregar todo el poder a una persona o un pequeño grupo, los accionistas asumen riesgos extra. Se deposita confianza plena en quienes se perciben como líderes visionarios capaces de tomar decisiones que los propios inversores bloquearían por temerarias. Se pierde así la capacidad de hacer rendir cuentas, como si aquellos gestores geniales no pudiesen equivocarse nunca. De esta forma, se alimenta cierto culto a la personalidad del fundador, esa figura con voluntad de hierro siempre enfocado en que su negocio salga adelante a la larga sin distraerse con trivialidades como los resultados trimestrales o anuales.

El dogma de la infalibilidad del fundador tecnológico, sin embargo, ya ha acabado mal más de una vez, con el ejemplo de WeWork como el fiasco más sonado de todos. Con más dinero en juego que proyectos verdaderamente sólidos, personalidades especialmente persuasivas se las arreglan para apartar a sus negocios de la supervisión de los que ponen el dinero.

La venganza de los informáticos

El control del fundador fue una innovación que introdujo Google en su salida a bolsa de 2004. La estructura de acciones duales que daba todo el poder a Sergey Brin y Larry Page se incorporó en los documentos oficiales con una carta abierta firmada por ellos que apareció publicada en el New York Times donde se justificaba la decisión.

Dirigimos Google como un triunvirato. Sergey y yo hemos colaborado estrechamente durante los últimos ocho años, cinco en Google. Eric, nuestro director ejecutivo, se incorporó hace tres años.

Carta de los fundadores a los inversores de Google en el NYT de abril de 2004

El fichaje para completar el triunvirato, Eric Schmidt, es uno de esos perfiles a los que los genios informáticos suelen acudir cuando sus empresas están en peligro. En medio de la crisis de las puntocom, los fundadores de Google necesitaban probar que su algoritmo podía convertirse en un negocio rentable. Aquellas presiones financieras obligaron a esos frikis de la informática a hacer algo que dentro de la comunidad de la alta tecnología se consideraba cutre: rellenar sus innovaciones con publicidad. Quizás se trataba de un nuevo tipo de publicidad que por primera vez reciclaba el rastro digital del comportamiento online de la gente, pero eran anuncios, al fin y al cabo. Eric Schmidt fue el primero en admitir sin complejos que el sector al que pertenece el negocio de Google es al de las subastas de publicidad. En un artículo anterior titulado Másteres en desastre, se cuentan este y otros episodios del papel del directivo en momentos clave del auge del buscador.

Gracias al éxito del sistema Adwords lanzado en 2000, aquella resistencia de los inicios se superaría enseguida. Asimismo, los dueños de aquella empresa que se había convertido en una de las más rentables del mundo se permitieron el lujo de mantener un control que, al hacerse cotizada, normalmente debería haber pasado al accionariado. En 3 años, un vuelco en el equilibrio de poder había permitido la venganza de los informáticos asesorados por el financiero Warren Buffett que aparece acreditado en la carta del NYT. 

Doctrina Google

Aquel texto incorpora casi todos los tópicos de la doctrina Google —que muchos de los que llegaron después adaptarían a su manera, incluido Facebook con el estilo especialmente cínico de su creador—. Todo eso de «hacer el mundo un sitio mejor» o el famoso «don’t be evil» —no ser maligno— estaba allí.

«Como empresa privada, nos hemos concentrado en el largo plazo, y nos ha ido bien. Como empresa cotizada haremos lo mismo. En nuestra opinión, la presiones de fuera tientan demasiado a las empresas a sacrificar oportunidades a largo para cumplir con las expectativas trimestrales.»

El compromiso con el largo plazo para liberarse de las presiones del día a día y poder innovar es una forma bonita de decirles a los que ponen el dinero que se olviden de cobrar a final de año —como pasa en los negocios convencionales de los que expresamente se desmarca el documento— y que se pongan a la cola de prioridades de los fundadores. 

Hoy, prácticamente, no hay proyecto tecnológico que no afirme de si mismo eso de «somos una compañía no convencional que ha venido a mejorar el mundo». Las bolsas, por su parte, ya no solo transigen ante aquellos con éxito demostrado, sino también ante los que se presentan con la promesa de convertirse en el próximo Google, por vaga que esta sea a veces.

La versión de Airbnb

Por descontado que Airbnb se apuntó a esa tendencia. Ya dos años antes de salir a bolsa, una adaptación de esa visión de largo alance de la que presumía Google apareció en un manifiesto publicado por uno de los cofundadores y director operativo. Incluso en un entorno como aquel tan acostumbrado al relato publicitario creativo, la versión de Brian chesky de una compañía del SXXI con horizonte infinito que avanza hacia un mundo dominado por los que hospedan se pasaba de la raya.

Algunas exageraciones de aquella carta se irían olvidando por el camino, pero en el folleto para inversores de diciembre de 2020, ahí está la idea del capitalismo con cara amable del siglo XXI que prioriza a los stakeholders o implicados en el negocio antes que a los shareholders o accionistas. Si con Google satisfacer al cliente se había convertido en servir al usuario, Airbnb dice ahora que ha venido al mundo a servir a sus stakeholders.

El papel del empresario se presenta de nuevo como como un voluntariado filantrópico asocial. La responsabilidad corporativa no es social, sino por «comunidades» aisladas de implicados y a la carta —se asume voluntariamente en función de prioridades elegidas, pero nada se puede exigir—. Caracterizándose como unos servidores visionarios, los fundadores de Airbnb justifican mantener todo el control y la ausencia de rendición de cuentas. Si esas comunidades a las que se pide complicidad —accionistas, proveedores, clientes, ciudades afectadas y sus gobiernos a todos los niveles— saben esperar, algún día llegarán los beneficios para todos.

Vía Google y financierización

Google nunca ha pagado dividendos en su historia. En su salida a bolsa, se apartó de una forma de gobernanza corporativa centrada en el valor del accionista. Uno de los reproches tradicionales a las empresas cotizadas siempre ha sido el cortoplacismo que supone dar prioridad a los intereses de los accionistas por encima de los otros implicados como clientes, proveedores, el medio ambiente o las autoridades fiscales. La vía Google significa en esto un punto de partida que no impide que el buscador y las otras grandes tecnológicas que han elegido ese camino sigan siendo fenómenos financieros y financierizadores. Sencillamente, se han alineado con otras preferencias y motivos de los inversores.

Este «largoplacismo» no resulta más tranquilizador. Su tendencia a la concentración corporativa creando monopolios digitales está resultando ser problemática lo mismo que el impulso a la economía de plataforma dominada por los imperativos de crecimiento acelerado y la lógica del «solo puede quedar uno». Airbnb representa esta forma de financierización al estilo Google. Su tendencia a la concentración en el turismo y las tácticas para lograrla se analizan en otro artículo.