«Las ciudades son la cuna de nuestra civilización, de la cultura y de la democracia. Hoy también son motores económicos de primer orden en un mundo globalizado»

Así es como empieza el Barcelona Brand Book que el ayuntamiento ha publicado este año. En la introducción titulada Las ciudades y su relato, se expone una idea clave: el concepto de ciudad global. Ella es el punto de partida no solo del libro de la marca Barcelona, sino de toda la promoción exterior reciente del consistorio.

Cambios tecnológicos, sociales y económicos han hecho que se amplíe el grupo selecto de urbes con influencia mundial, antes reservado solo a las mayores. «Hoy es posible que ciudades con una dimensión más humana, pero con grandes capacidades, puedan destacar cooperando y haciendo red con otras ciudades globales y a la vez competir de tú a tú con las grandes capitales. Barcelona tiene muchas de las condiciones necesarias y aspira a convertirse en un referente de esta nueva generación de ciudades globales de alta proyección».

Frases como estas son una transposición casi literal a Barcelona del modelo de ciudad del urbanista Greg Clark, un experto con una influencia notable entre la clase política y el empresariado local. Su diagnóstico y sus recetas se siguen aquí al pie de la letra. Su sistema competitivo entre ciudades es el marco teórico que está sirviendo de manual de operaciones para la creación de la imagen de la Barcelona del futuro a corto y medio plazo.

El nombre de Clark aparece en los principales proyectos y órganos de promoción municipales. Está acreditado entre los que han ideado y liderado el libro de marca, es miembro del Consejo Asesor de Promoción de la Ciudad creado en 2018 y, también, forma parte de otro consejo asesor que se encuentra definiendo la nueva estrategia de marketing turístico del destino Barcelona.

Es, además, el experto en urbanismo de cabecera de los líderes empresariales locales. La asociación que aspira a convertirse en el principal lobby de la ciudad fue bautizada precisamente como «Barcelona Global». El año pasado organizó una cumbre de innovación en turismo urbano donde el conferenciante estrella no podía se otro que Greg Clark. En todo lo referido a la promoción exterior, la sintonía entre este grupo de presión y el ayuntamiento es evidente. Sus representantes forman parte de los órganos municipales y sus miembros aparecen como embajadores de los proyectos de la nueva marca Barcelona.

Los trabajos de renovación de la imagen y de mejora de la reputación internacional se iniciaron hace dos años. Al comienzo de la legislatura, el ayuntamiento de Barcelona en Comú se mostraba reacio a dedicar esfuerzos para reactivar la marca. Por presiones del comercio y los empresarios, acabó dejando esta materia en manos de uno de sus socios, el PSC de Collboni. El relevo que llegó tras a la ruptura entre ambos partidos en noviembre de 2017 ha seguido por la senda ya iniciada. De hecho, el propio Collboni sigue formando parte del Consejo.

Greg Clark estuvo de paso cuando se ponían los cimientos de la nueva marca ciudad en construcción. Su diagnóstico de la situación aparecía publicado en un titular de La Vanguardia en enero de 2017: Global, pero sin relato. A su entender, Barcelona había sabido hacerse un hueco en la liga de las ciudades con proyección mundial. Lo hizo encontrando un nicho en el que especializarse como destino de visitantes. Pero el Barça, Gaudí y la nostargia post-olímpica acabaron por encasillar a la ciudad que perdió el filo que presentaba a finales de los noventa y comienzos de los dosmiles. Lo que necesitaba ahora era bucear en su ADN para encontrar sus fortalezas y aparecer ante el mundo con un relato renovado de si misma, más acorde con los tiempos. 

En aquella visita, el autor también presentaba el libro Ciudades globales donde resume su urbanismo basado en la competencia entre ciudades en un mundo cada vez más globalizado. Su visión tiene tanto peso entre el establishment barcelonés que merece la pena preguntarse el porqué.

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El libro Ciudades Globales fue un encargo de Brookings Institution, un think tank nortemericano, para su proyecto Metropolitan Policy Program. Está enmarcado en una serie de programas orientados a analizar las disciplinas urbanísticas desde una perspectiva económica liberal conservadora. En este caso en particular, quien lo financia es el banco de inversiones JP Morgan Chase, según aparece recogido en la página de agradecimientos. 

Como no podría ser de otra manera en un trabajo pagado por una de las principales corporaciones financieras globalizadas, los beneficios de participar en la globalización se dan por sentados como punto de partida. Es cierto que se mencionan algunos costes y externalidades negativas asociadas a la internacionalización, pero lo que el libro transpira es un determinismo que la contempla como inevitable, sin detenerse a explicar por qué.

Globalizarse o condenarse a la invisibilidad y al estancamiento parece ser la única alternativa a la que se enfrentan las ciudades hoy. Luego resulta que las recetas que el libro tiene para ellas acaban llevándoles a un callejón sin salida. Pese a que se les anima a que aquellas con potencial se globalicen, el destino de la ciudades que lo consigan, no acabará siendo mejor que el de las olvidadas. Esto no se afirma directamente, se deduce al detectar un patrón propio de cualquier sistema basado en la competitividad.

En un apartado titulado El camino por delante de la ciudades globales se descubre una tendencia creciente en el mercado a alejarse de las establecidas y trasladarse hacia las emergentes o nuevas. Este giro se contempla como estructural en lugar de cíclico. Descubrimos entonces que los costes asociados a ser una ciudad global son elevados. Tanto, que entre el talento y los inversores que eligieron asentarse en ella, surge una demanda creciente de localizaciones alternativas. Llegará el momento en el que se acabarán buscando a otra que ya haya empezado un proceso de globalización, pero que todavía no note sus inconvenientes tan intensamente. 

Acabamos de descubrir algo de lo que no se habla en el libro: el ciclo de vida de la ciudad global. Lo mismo que un destino turístico —o lo mismo que cualquier otro producto— aquella evoluciona en el mercado hasta acabar perdiendo fuelle y siendo sustituida por otra más nueva. Al no dejar claro este aspecto, entre sus recomendaciones para las aspirantes, el autor olvida la prudencia. Antes de embarcarse en aventuras de globalización, es esencial comprender que uno se está enrolando en un ciclo donde todo lo que sube baja. En este caso, lo prudente es hacerse la idea más clara y sincera del resultado neto de la ciudad global y la distribución de sus costes y beneficios. Las preguntas a hacerse entonces son: ¿Quiénes soportarán los aumentos de los precios de la vivienda? ¿A cuánto ascienden los beneficios del talento y las inversiones que cuesta tanto esfuerzo atraer?¿A dónde irá a parar toda esa riqueza antes de que se retiren a otro lugar? Si los indicadores de globalización están a la baja en Londres o París, no hay motivos para pensar que nunca te pasará a ti.

Considerar a las ciudades como bienes o servicios tradedo comercializables—  y estudiarlas dentro de un sistema de competición entre ellas tiene implicaciones profundas. En el modelo de Clark, los rigores de la competitividad se mitigan con la idea de sostenibilidad, aunque entendida aquí como un objetivo abstracto y opcional —ya que los caminos a la globalización son insondables y cada uno elige el suyo—. Para el autor, la competitividad en el urbanismo tiene una función pública, pero una sin imperativos legales. Cada ciudad elige como hacer valer sus activos de globalización. Puede que, en un caso concreto, se necesite tomar el camino cortoplacista de ofrecer precios bajos en lugar de valor añadido a  largo plazo. En otro momento posterior, ya se tendrá la oportunidad de reconducir la competencia hacia la sostenibilidad —o no—.

Esa afirmación de una función social entra en franca contradicción con otros aspectos del sistema competitivo entre ciudades y, sencillamente, con la realidad. Tener un buen clima fiscal y de negocios, soleado y despejado de trabas e impuestos, es uno de los atractivos para los inversores y el talento. Al explicar las distintas formas de competición intercity por el mismo nicho, la baja presión impositiva y la desregulación se mencionan como elementos atmosféricos favorables. Animar a las ciudades a competir en este campo no parece la mejor forma de financiar los servicios públicos necesarios para garantizar esa función social.

Un ejemplo extremo de esa competencia ha estado sucediendo en los EEUU recientemente. Ha sido revelador ver a Amazon salir de rebajas a buscar el municipio que le ofreciese el mejor trato para instalar allí su segundo cuartel general. En las zonas más necesitadas del país, los alcaldes se apresuraron a ofrecer todo tipo de prebendas a la mutinacional para atraer miles de puestos de trabajo de golpe. Algunas fueron muy llamativas y comentadas. Hasta se hicieron ofertas de cambiar el nombre del pueblo por el de la compañía y refundarlo como Amazon City. Al final, la multinacional se decidió por una de las ciudades más ricas del país y se dispuso a instalarse en NY. Sin embargo, ante las críticas a los privilegios fiscales concedidos —difíciles de justificar cuando se trata del hombre más rico del planeta y una de las empresas más valoradas— y las alarmas por el riesgo de gentrificación en la zona, Amazon acabó haciendo una demostración pública de poder, rechazando el ofrecimiento en el último minuto. Delante de todo el mundo, disparó a su rehén enviando un mensaje muy claro. El que quiera tratos con ella tiene que aceptar todas y cada una de sus exigencias. Si alguien se atreve a protestar, se irá con la música a otra parte.

No se trata solo de un ejemplo exótico y lejano. Aquí todos recordamos la afición de Ryanair por jugar a ese juego. Pero, además, resulta que esa misma empresa americana, que en aquel episodio reveló sus verdaderos valores de urbanidad, se encuentra entre los socios corporativos protectores del nuevo lobby local aportando sus 10.K € anuales para hacer presión y dar forma a una Barcelona Global. 

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Continuos tics neo-liberales y contradicciones como estas le quitan interés al discurso del autor, pero, sobre todo, es una omisión manifiesta lo que le resta credibilidad. Hay algo que ni en su libro ni en otras intervenciones en prensa o en conferencias sale a la superficie. Cuando les receta globalización a las ciudades, se olvida de comentar que se trata de un proceso económico que desde hace más de una década flojea. Prácticamente todos los indicadores económicos lo confirman. La globalización lleva estancada o en retroceso desde 2008. No es algo coyuntural, sino que responde a cambios profundos. Publicaciones como The Economist han recuperado el término slowbalisation para referirse a esta nueva etapa en la economía.

También ha aumentado el descontento y el rechazo por los efectos negativos de la globalización. Sus opositores ya no son sólo anti-sistema radicales de izquierda. Los chalecos amarillos, por ejemplo, son una mezcla ideológica muy crítica con un modelo económico que les perjudica, mientras se atribuye unos beneficios macro que nadie percibe. La derecha en España es casi toda europeísta, pero es una excepción. En EEUU o Reino Unido hay sectores en ella muy críticos con los llamados «mundialistas». Nada de esto aparece recogido en Ciudades globales cuando se detiene a describir la última ola de globalización urbana que empezó tras la crisis.

Con la globalización en sus momentos más bajos, el entusiasmo por la ciudad global resulta un tanto extemporáneo. Esa recomendación para que Barcelona detecte su personalidad colectiva y la ponga en circulación en el mercado internacional con la práctica marketiniana del story telling no parece una idea genial en este contexto. Al considerar el carácter y las tradiciones como mercancía, se les transforma y, en cierto modo, se les violenta para hacerlos comercializables. Lo hemos visto pasar con los bares de tapas que han aparecido como setas. Se les ha estado presentado como lo auténtico en una ciudad en principio ajena a esa tradición. Por otra parte, las llamadas a que la ciudadanía participe en proyectos colectivos globalizadores tienen cada día menos probabilidades de éxito. El fervor del voluntario olímpico hace décadas que pasó y la gente ya está de vuelta. 

El pasado de Roma o Cartago como metrópolis y el papel histórico de las ciudades en la expansión del comercio son temas que funcionan bien como prólogos para tratados del urbanismo mercantilizador. Ciudades globales da un rápido repaso a esos precedentes. Sin embargo, hace siglos que las ciudades no salen a fundar colonias allende de los mares. Se exagera el protagonismo de lo urbano en la globalización contemporánea cuando se sugiere que las ciudades son actores principales. En realidad, su papel en ella es secundario y las verdaderas protagonistas son las corporaciones. Los drivers de esta globalización fueron el abaratamiento del transporte internacional y la evolución de las comunicaciones, que permitieron desarrollar complejas cadenas de producción y suministro esparcidas por todo el planeta.

Las ciudades tienen una relación tensa con esas multinacionales. Básicamente, la globalización las considera activos seguros donde aparcar su dinero o, directamente, donde especular con él. Esto acaba teniendo consecuencias graves en la trama urbana, como se ha visto con otro de los socios protectores del lobby barcelonés. Airbnb apareció en la ciudad como un elefante en una cacharreria con un proyecto qué consiste en convertir los hogares en activos de la industria turística.  Sus efectos negativos para barrios y ciudades son bien conocidos.

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Uno de los conceptos que Greg Clark explicó durante una charla sobre turismo urbano es especialmente elocuente. Ante las protestas ciudadanas y el descontento por los efectos negativos de este, se anima al empresariado a esforzarse por obtener una «nueva licencia para seguir operando». Es decir, a involucrarse en el turismo responsable y redistribuir sus beneficios por la ciudad. La expresión corre el riesgo de ser utilizada solo como una forma sofisticada de referirse a hacer los mínimos cambios imprescindibles para que se calmen las aguas y volver a eso que suele denominarse business as usual. Probablemente, por eso, el autor es el favorito de las élites. Sus planteamientos permiten seguir haciendo las cosas como siempre, a poder ser, cambiando solo el relato.

Puede que este urbanismo hecho a medida para las corporaciones tenga sentido en el ámbito del marketing de ciudad, aunque no parece que sea el enfoque más adecuado para gestionar municipalidades complejas con muchos intereses en juego. El ayuntamiento de Barcelona se inspira el él para su promoción exterior.  En una materia en la que no parece sentirse especialmente cómodo, le ha pasado la pelota a uno de sus socios. Cuidar la imagen exterior  es uno de los objetivos que ha acabado  asumiendo. Concertarlo con el privado parece ser el  camino elegido. Resulta razonable que quien se encargue sea aquel en el equipo con mayor vocación. Lo es también que estos planteamientos tan parciales se limiten a ese ámbito y no al resto de la acción de gobierno municipal.

En el libro de la marca Barcelona, la ciudad se caracteriza como  motor económico ¿Cuando se afirma algo así, quién se supone que maneja la máquina y hacia dónde nos lleva la energía que produce? ¿Está siendo bien empleada o malgastada a contracorriente hacia objetivos algo desfasados?

El panorama del futuro para la ciudad global, teniendo en cuenta lo que se dice y se oculta de ella, es este: cada vez hay más ciudades con ventajas «activables» que planean internacionalizarse; sin embargo, la economía globalizada lleva una década estancada y se prevé que siga así por mucho tiempo. Los costes de la ciudad global son palpables y cuantiosos, mientras que los beneficios son abstractos e inciertos y, además, pueden desaparecer en cualquier momento. Con niveles de competencia en aumento, el ciclo de vida de comercializar lo urbano es cada vez más corto y la sociedad que se genera a su alrededor es desigual, volátil y está insatisfecha. Buena suerte, Barcelona ciudad global, la vas a necesitar.