Barcelona Global es una asociación de empresas y entidades del sector privado creada hace dos años para impulsar la actividad económica y la proyección internacional de la ciudad. Los miembros protectores que la lideran son cerca de 50 grandes corporaciones, algunas internacionales como Amazon o Airbnb, otras nacionales como Banco de Sabadell o Telefónica. Junto a ellos, hay casi un centenar de socios corporativos con gran peso en el ámbito local. 

Aunque no todas son empresas del sector, el turismo es una de sus áreas clave de actuación. Para desplegar su influencia en él, han organizado recientemente su propia Cumbre sobre Innovación en Turismo Urbano. Se invitó a representantes de varias ciudades para que contasen sus casos de éxito. Luego concluyó con la conferencia de un orador experto en la globalización metropolitana. El acontecimiento sirvió, sobre todo, para hacer visible el trabajo que la asociación ha estado realizando durante estos dos años elaborando propuestas para poner al día el turismo local.

Es interesante preguntarse por el valor y la calidad de esta aportación porque Barcelona Global aspira a ser el principal lobby turístico de la ciudad.

El sector privado responde.

El Ayuntamiento puso la pelota en el tejado del sector privado cuando presentó su nuevo modelo turístico el año pasado. Ante los retos a los que se enfrenta el turismo, la pasividad de los que lo han liderado tradicionalmente en la ciudad -Gremi d’Hotels y Turisme de Barcelona- era difícil de explicar. Lo que ahora se ha dicho en la cumbre de Barcelona Global podría considerarse como la respuesta cualificada pendiente del mundo corporativo, que viene avalada por el prestigio de los participantes.

La forma de trabajo que ha elegido este lobby se parece, en parte, a la que utilizó el Ayuntamiento al elaborar su plan para el turismo. El diagnóstico, los retos planteados y los objetivos de ambos se solapan en parte. Esto indica que no deberían de existir demasiados problemas para llegar a colaborar; pero en esta propuesta, también se adivina una voluntad de apropiarse del discurso sobre el turismo responsable y de contraprogramar medidas ya anunciadas por el Ayuntamiento. Para hacerlo, Barcelona Global se está apoyando en una metodología que, a estas alturas, puede resultar un poco superficial: el benchmarking entre ciudades.

Al presentar su plan estratégico Turismo 2020, el Ayuntamiento apostó por una herramienta de concertación público-privada que es un clásico en la política municipal de Barcelona desde hace años. Su equipo preparó un documento donde se reconoce el valor del proceso de revisión del turismo iniciado por los ayuntamientos anteriores; donde también se asumen los compromisos adquiridos en las certificaciones y declaraciones de turismo responsable que se han firmado; y donde, además, se hace un diagnóstico de la situación, los retos y las tendencias futuras. La metodología que se ha utilizado no se limitó a fijarse en lo que hacen otras ciudades. Se ha contado con un análisis participado de la situación. El proceso Decidim Barcelona incluía citas presenciales, debates y recogida de propuestas de la ciudadanía. En paralelo, grupos de trabajo con expertos e implicados en diversas áreas especializadas hicieron sus aportaciones.

Importando buenas prácticas.

Desde el ámbito empresarial, Barcelona Global también hace llamamientos constantes a la colaboración público-privada. Lo que presentaron en su cumbre se parece a un mini plan estratégico para el turismo que llevan dos años preparando. Sus esfuerzos se han centrado en detectar las buenas prácticas de otros lugares para importarlas a Barcelona. Resulta verdaderamente inspirador observar lo que hacen los demás para luego imitarlo, pero como metodología de trabajo para un asunto complejo y transversal como el turismo urbano contemporáneo, puede que sea un planteamiento limitado.

En ocasiones, da la sensación de que al nuevo lobby turístico le gustaría hacer tabla rasa. A pesar de que hace meses que conocían las propuestas del plan municipal, no las tienen tan en cuenta como cabría esperar. Es una forma un poco particular de entender esa colaboración público-privada que reclaman.

¿Hay que nuevayorkizar Barcelona?.

Invitar a un conferenciante de Nueva York a explicar los aciertos de su política de Distritos Mejorados para el Negocio (BIDS) es muy interesante, pero todavía lo es más si va acompañado de un estudio acerca de su posible aplicación en Barcelona. Aquí hay un Plan de Barrios y una campaña de descentralización del turismo ya en marcha. ¿En que son comparables ambas ciudades? ¿Esos planes son compatibles? Sin esa reflexión, el trabajo se queda a medias.

El caso de Williamsburg en Brooklyn se presenta como un gran éxito que todos desean imitar, pero hay otras interpretaciones de lo que allí ha sucedido. En pocos años, ha pasado de ser el epicentro de la cultura alternativa hipster a un ejemplo de la gentrificación descontrolada ¿De verdad que esa es la receta para Hospitalet?.

La idea de que El Paralelo debería de convertirse en el Broadway de Barcelona es un planteamiento que suena algo desfasado hoy en día. Lo de “tenemos un canal, luego somos la Amsterdam de donde sea”  ya no funciona. “Somos el Noma y cocinamos con productos hiper-locales del bosque nórdico que no podrás encontrar en ningún otro lugar”, es el mensaje ahora.  Ya no interesa decir que también tienes lo que tienen los grandes destinos; hoy se trata de comunicar aquello que es genuino y auténtico del tuyo.

Una cosa y su contrario.

Para cada estrategia seleccionada, existe un ejemplo contrario. Sin un trabajo serio de transposición que sea lo más completo y participativo posible, lo mismo da proponer lo uno que lo otro.

Hay una contradicción entre respaldar la tolerancia cero del alcalde Giuliani cerrando discotecas y, luego, declarar que Barcelona es la ciudad de la música en parte por su vida nocturna. En lugar de mirar a NY ¿Por qué no tomar el camino opuesto hacia Berlín?. Allí el gobierno municipal considera al clubbing como un activo cultural. El club Berghain abre ininterrumpidamente durante tres días seguidos a la semana. Tiene el tratamiento fiscal privilegiado que se reserva a la cultura en lugar de al ocio. Son las nuevas viviendas que se construyen cerca las que tendrán que adaptarse a un entorno con ruidos nocturnos. 

A algunos puede sonarle disparatado. Cuando el Sonar a mediados de los noventa llevó el tecno al CCCB, también se lo pareció a muchos. Ahora, sin embargo, se le asocia con el lado más vanguardista de la marca Barcelona. 

Efecto o síndrome.

El efecto Bilbao se convirtió en síndrome cuando todos intentaron copiarlo y dejó de funcionar. El Guggenhein marcó la pauta. Algunos no supieron subirse al tren a tiempo y acabaron con obras de arquitectura icónica caras firmadas por estrellas que nadie utiliza.

Más recientemente, la atención ha pasado de los edificios al placemaking. Llenar la ciudad de eventos es ahora la estrategia principal. Barcelona Global propone utilizarla con profusión y convertirse en una ciudad de festivales.

Antes de lanzarnos a hacerlo, no estaría mal pararnos a pensar en qué fase estamos -si en la del efecto Sonar o la del síndrome de los festivales-. Los que se  celebran en Barcelona son veteranos, están muy maduros y hasta puede que hayan empezado a generar rechazo. De momento, son sobre todo algunos críticos culturales pero quién sabe si pronto se contagiará al público. Interpretar las señales que anticipan las tendencias es una habilidad valiosa. Sirve para ahorrarse el esfuerzo de prepararse para una  ola que ya pasó.

San Francisco, un modelo discutible.

Es realmente chocante que en el apartado de vivienda, Barcelona Global haya decidido fijarse en las buenas prácticas de San Francisco. Se trata de una ciudad conocida, precisamente, por sufrir una de las mayores crisis en ese mercado que no han sabido controlar. La ley que diseñaron a medida para Airbnb hace unos años no sirvió para mejorar las cosas. Ahora están intentando rectificar ese error con nuevas normas. Para saber si funcionan, habrá que esperar a los resultados.

Mientras tanto, el proceso de regularización de los apartamentos turísticos en Cataluña ha conseguido legalizar decenas de miles. La concejala del distrito de Ciutat Vella, Itziar González, supo adivinar la importancia del fenómeno en 2005. Puso en marcha una regulación pionera –a la que hemos dedicado varios artículos-. El sistema de licencias que acaban de implantar en Amsterdam o San Francisco existe en ese barrio ya desde el 2007. 

Hace tiempo que sabemos lo complicados que son los expedientes para clausurar un apartamento ilegal. Establecer un mínimo de días de alquiler permitido lo hace casi imposible. Sin la colaboración de las plataformas digitales, no se puede llegar a probar cuándo alguien ha alquilado su piso 100 días en lugar de 90.  Y ellas no comparten sus datos o solo lo hacen cuando les interesa. Quizás si se les pudiese obligar, ese sistema inteligente que monitoriza datos a tiempo real que el lobby turístico propone tendría sentido. Sin embargo, que algo lleve la etiqueta “smart” no lo convierte inmediatamente en la solución. 

La NBA de las ciudades globales. 

Las propuestas de Barcelona Global se han basado en los trabajos del economista Greg Clark, un experto en la globalización urbana. En su modelo, las ciudades compiten en una liga mundial para pasar a la primera división de ciudades globales y mantenerse en ella. Lo hacen observándose las unas a las otras y copiándose estrategias de éxito.

Pero mezclar con ese desparpajo urbanismo y globalización puede ser peligroso. Cuando se propaga el síndrome de la ciudad global, el resultado es la mcdonalización. La ciudad franquiciada, fácil y previsible puede que guste a un tipo de turista, pero corre el riesgo de alienar a los residentes y a otros visitantes. 

El mismo Greg Clark recomienda que cada lugar estudie muy bien cuál es su propio ADN y lo potencie. Conocer la propia historia; tener confianza y saber contarla; detectar cuándo se ha acabado un capítulo y anticipar cuál es el siguiente, todo ello forma parte de su receta. 

Pero en la cumbre de turismo, daba la sensación de que este modelo competitivo entre ciudades no siempre tiene un efecto edificante. Saca a la superficie una actitud contradictoria; algo entre el orgullo y el lamento del parroquiano. ¿Qué tenemos que hacer hoy para convertirnos en la Madrid del Mediterráneo? Es lo parecía leerse entre líneas en el mensaje de alguno de los panelistas.

Ya no estamos en los tiempos del voluntariado olímpico. El índice de irritación turística no marca ahora lo mismo que en los noventa. Las llamadas a la euforia que se escuchaban tienen pocas probabilidades de  funcionar en una parroquia que ya está un poco de vuelta.

Los límites de lo glocal.

Hay formas de enfocar la relación entre lo global y lo local sin celebrar el fatalismo de la globalización descontrolada.

En otro artículo proponíamos considerar un destino turístico como un cluster de innovación. Una concentración espacial de empresas especializadas en la actividad turística con dos elementos: uno local y otro global. La atmósfera creativa sería el elemento local. El sector privado puede aliarse con la clase creativa de la ciudad de todas las formas que quiera para financiar sus proyectos prometedores. El sistema de “cañerías globales” que conectan al destino con el exterior es el otro elemento. Cuando el medio local empieza a saturarse por la influencia global, es el momento de intervenir. Es entonces cuando los gobiernos municipales tienen un papel importante en la gestión turística. 

Otro enfoque es el de considerar la ciudad como un ecosistema de servicios turísticos complejo y frágil. Mapearlo y prototipar nuevos servicios con mentalidad de diseño, es la forma de intervenir sobre él. Se trata de hacerlo buscando herramientas para la innovación urbana participadas y respetuosas.

En el polo opuesto, la llamada a la experimentación de Barcelona Global es inquietante. Sus multinacionales pueden permitirse el lujo de probar en una ciudad una cosa y algo distinto en la otra, pero cuando esos experimentos son capaces de afectar a todo un sector económico o al derecho de acceso a la vivienda, es la ciudad la que acaba quedándose con el marrón si algo no sale bien. 

Turismo responsable. 

Todo el mundo invoca el turismo responsable, pero cada uno lo interpreta a su manera. Sin embargo, en la idea de responsabilidad hay algo muy básico con lo que todos podemos estar de acuerdo. La responsabilidad es un compromiso con lo que nos rodea que se asume y se exige. Entendemos que es menor para un ciudadano y mayor para un profesional o un cargo público. Exige comportamientos concretos y hay que rendir cuentas por ella. 

Darle a este concepto un papel central en el turismo tiene efectos interesantes. Nos permite pensar en el turismo responsable como un sistema en el que todos los implicados se reconocen y se exigen responsabilidades. La industria, los residentes, los turistas y las administraciones asumen sus responsabilidades y actúan de acuerdo con ellas. Al que no lo hace, el resto se lo exige. 

Los movimientos sociales políticamente organizados tienen un papel importante en este esquema. Ellos son el canario en la mina que no hay que ignorar. Nos recuerdan que las ciudades tienen funciones previas y más esenciales que acoger al turismo urbano. Cuando la organización del evento se enteró de que la ABTS estaba a la salida con una pancarta contra el turismo masivo, lo comunicó a los asistentes con un comentario condescendiente. En realidad, incorporar a los vecinos a sus grupos de trabajo sería más constructivo. 

Equilibrio de fuerzas. 

Si aceptamos que algunos intereses de la ciudad pueden estar alineados con los de grandes empresas y multinacionales, también tenemos que ser capaces de aceptar que otros no. Los incentivos económicos consiguen unir esfuerzos de maneras que otro tipo de intereses no pueden, pero en la planificación urbana, esos incentivos e intereses no deben de ser los únicos ni los principales. Las protestas vecinales nos lo recordarán cuando lo olvidemos.

“El turismo sin gestionar sus consecuencias impide el modelo de crecimiento de la ciudad”. “El turismo responsable es una nueva dimensión de la competitividad”. “Barcelona no solo ha de recuperar la paz social, sino un consenso más amplio sobre el tipo de management turístico”. Son frases del propio Greg Clark que anima a conseguir un pacto entre los implicados que suponga una licencia para seguir operando. Sería una pena que, en el fondo, se trate de la formulación renovada del viejo business as usual

Un modelo de colaboración público-privada cofinanciada con gestión privada no es un horizonte nuevo. En el turismo de Barcelona es de donde venimos y está mostrando tener limitaciones. Ahora el Ayuntamiento reclama parte del liderazgo que le había cedido al privado. Un gobierno local comprometido con el turismo responsable puede recuperar el equilibrio de fuerzas perdido que había desestabilizado el modelo anterior. 

El relato de la masificación. 

Últimamente hay un goteo de publicaciones internacionales que presentan a Barcelona como un ejemplo de mala gestión turística. Los mercados emisores han empezado a fabricarse su propio relato de la saturación turística. Como si no tuviese nada que ver con ella, la industria internacional responsabiliza a los destinos. La suya es una versión donde avariciosos empresarios y  políticos locales pasivos o corruptos son los únicos protagonistas. 

Por otro lado, la paciencia de los residentes y turistas con la saturación ha empezado a agotarse. Hay mucha gente pensando en evitar los destinos con fama de masificados. El Ayuntamiento entró en el gobierno municipal con un programa turístico para combatir todo esto. Es un buen momento para cambiar la parte del relato donde los políticos no hacen nada.

Podríamos empezar por revisar ese viejo cliché acerca del mayor dinamismo del sector privado, que siempre va por delante. Esto no ha sido así últimamente al menos en lo que se refiere al turismo en Barcelona. No puede presumir de vitalidad un sector que necesita urgentemente renovarse, pero lleva  prácticamente desde 1993 con las mismas personas al frente. Ya hemos hablado de las llamadas recientes a superar el inmovilismo en el consorcio Turisme de Barcelona. Por fin vamos a conocer sus nuevas líneas básicas para la promoción del destino Barcelona que se presentan estos días. Esta vez, el Ayuntamiento ha intervenido en la elaboración, insertando su visión del turismo con gestión participada y retorno social. Será interesante observar los resultados de su colaboración.