Hace dos años, el concepto de congestión turística empezó a ganar peso en el debate abierto en torno al turismo. Desde entonces, ha estado muy presente en círculos académicos y entre los líderes profesionales del sector. En teoría, aprendiendo lecciones de los lugares afectados, se conseguiría desarrollar herramientas de prevención y de gestión. Uno de los aspectos interesantes de este enfoque es que, en lugar de poner sobre la mesa un objetivo abstracto como la sostenibilidad, los argumentos del overtourism apelan a aquello que verdaderamente preocupa a los implicados: su cuenta de resultados.

Hablando en el lenguaje de los negocios —apelando a conceptos como la competitividad del destino turístico— se espera remover conciencias desde lo económico. La masificación no solo degrada el entorno, sino también, tu producto. La pasividad te acabará pasando factura. ¿Esta llamada a la responsabilidad que se dirige al bolsillo de ciudades y empresas, está dando resultado?


En 2017 el público internacional le vio la otra cara al turismo cuando los medios mostraron la rebelión sucediendo en varias ciudades europeas. 

El reemplazo

En este momento, un reemplazo de ciudades pequeñas con grandes sueños turísticos espera su oportunidad. Muchas de ellas están tomando buena nota de lo que pasa en los focos principales. Algunas ya se están promocionando para atraer a un público que ha empezado a evitar los lugares saturados. Se presentan a sí mismas como excitantes destinos apartados del pisoteado circuito convencional. En sus nuevos relatos, prometen comunidad y contacto con el lugareño. Sensaciones de las que apenas queda ya nada en las aglomeraciones de turistas que se forman en torno a los iconos de siempre.

¿Al caracterizarse a sí mismas como destinos de baja densidad, se trata de un interés repentino de todas estas aspirantes por la gestión responsable o, más bien, de un nuevo filón publicitario? De momento, hay más indicios de lo segundo que de lo primero. El rechazo creciente del turista a los destinos congestionados abona el terreno para que sus competidores hagan publicidad comparativa.

Publicidad comparativa

Kiwis rescued from vacafail —Turistas neozelandeses rescatados de sus vacaciones desastrosas— es una campaña de Visit Oslo donde a una pareja se le propone cambiar París por la capital noruega con todos los gastos pagados. Dejando a un lado lo feo que resulta hacer leña del árbol caído, lo interesante sería saber si Oslo está preparada para no cometer los mismos errores que la ciudad a la que espera arrebatar esos flujos turísticos.

La principal lección del overtourism es que no se puede atraer al turismo sin antes planificar su desarrollo de una forma sostenible. ¿Cuántas de las nuevas aspirantes se han propuesto planificar, medir y actuar cuando se requiera? Los políticos y empresarios están siempre dispuestos a acoger a más clientes e inversores extranjeros —incluso cuando ya son demasiados—. «A nosotros no nos puede pasar como a Venecia o Barcelona» es la frase que resume la mentalidad dominante todavía hoy. Lo vemos en Madrid cuando se afirma que, sin cruceros, allí no hay peligro de barcelonización.

Destinos turístico virales

Sin embargo, el turismo contemporáneo es altamente disruptivo. Nos lo recuerdan episodios como el «apocalipsis de las amapolas». El alcalde de un municipio en California bautizó con ese nombre al caos provocado por una marea humana como las que se forman en el Primavera Sound que acudió al pueblo a ver una super-floración. En el monte cercano, había más flores que nunca debido al clima de un año especial. La prensa lo anunció como una de las atracciones de la primavera y la noticia corrió como la pólvora en las redes sociales.

Los mensajes geolocalizados que se publican en ellas indican exactamente el punto al que acudir para conseguir la foto del momento. Con miles de millones de usuarios mirando, una minúscula proporción de ellos es capaz de poner patas arriba a una población desprevenida. En lugar de tratarse de un caso aislado de viralidad extrema, aquí despunta una nueva tendencia: el apocalipsis turístico pop-up. Las autoridades de la localidad californiana esperan haber aprendido la lección sin desaprovechar el filón. Buscan la forma de aumentar la capacidad de los servicios para el año que viene y reconducir toda esa atención para que se les conozca como la capital del turismo de aventura. Otros alcaldes sueñan con un fenómeno parecido. Al fin y al cavo, una mala noticia se convierte rápidamente en buena publicidad gratuita.

Ya se conocían varios casos de apelotonamientos repentinos en lugares instagrameables que nos recuerdan la intensidad en aumento del fenómeno turístico. Su capacidad para alterar paisajes naturales, ciudades o barrios se ha acelerado y sus cambios son cada vez más profundos. No son sólo anécdotas; de la parábola de las amapolas, se deriva una de las enseñanzas del turismo masificado. Las ciudades deberían de tener cuidado con sus deseos turísticos porque, a veces, se convierten en pesadilla de la noche a la mañana cuando se cumplen.

Zona cero

Para comprobar lo convincentes que están resultando para las empresas implicadas los argumentos económicos de las consecuencias de la congestión, podemos acudir a la zona cero del debate. Una compañía y una ciudad aparecen siempre mencionadas cuando se discute del fenómeno.

Airbnb no es la única causante de la saturación turística, pero el pico del descontento en las ciudades coincidió con el periodo de mayor crecimiento de la multinacional. Su noción del turismo on demand crea una oferta líquida de volumen industrial que acabó por desbordar a barrios ya bajo presión. Su estilo pendenciero con las normativas locales generó resentimiento en competidores y ciudadanos que no entienden como se le permite saltarse la legalidad de esa manera. La revista americana Travel Weekly invitó el año pasado a una mesa redonda sobre overtourism a Chris Lehane.

Cabildeo

Cuando sus problemas legales y de reputación se agravaban, Airbnb contrató a este propagandista y cabildero muy conocido en los círculos de poder de Washington. Lo más destacado de su currículo es haber asesorado a Bill Clinton durante sus mandatos. Si se esperaba de él algún atisbo de autocrítica, el observador de la situación se verá defraudado. Según Lehane el efecto Airbnb en las ciudades es siempre bueno, aunque ellas no lo sepan.

Algunos de sus argumentos acerca de Barcelona son sencillamente ofensivos. Las protestas antiturísticas son fruto del tribalismo europeo. Una afirmación de superioridad no solo técnica, sino también moral e intelectual. Decir algo así, le coloca en la posición de un conquistador que ha desembarcado en un territorio de nativos asalvajados. Él es el supervisor de cientos de ciudades en el mundo a las que está llamado a servir, aunque ellas no se lo hayan solicitado. Desde ese punto de vista cenital, pretende conocer sus necesidades de planificación urbana mejor que ellas mismas.

Allá en su observatorio es capaz de predecir el futuro. Sus palabras sugieren que, para él, el discurso de la saturación turística es solo un error de cálculo. El turismo decrecerá por sí solo y, entonces, las ciudades rebeldes pedirán perdón y se rendirán a sus pies. Lo mismo que su empresa se benefició de la saturación engordando con ilegalidades, también lo hará en la recesión pactando con ciudades sedientas de turismo desde una posición de fuerza.

Cero autócrítica

Si hacemos zoom sobre la ciudad en cuestión, la autocrítica también brilla por su ausencia. Barcelona aparece en todas y cada una de las publicaciones y simposios internacionales sobre overtourism. Las empresas líderes locales, sin embargo, no se suelen dar por aludidas. Los representantes del comercio reunidos en la IV Cumbre Barcelona Abierta diagnosticaron a finales de 2018 que la ciudad no tiene ningún problema de planificación o gestión turística tanto como de reputación. La solución no es la planificación responsable del desarrollo turístico, sino el branding de ciudad. Un planteamiento que comparte otro grupo de cabildeo municipal. La receta de Barcelona Global es cambiar el relato y recuperar los favores del visitante y del residente. De este último, el turismo de la ciudad espera que se resigne, normalice la situación y se reconcilie con él por medio de una nueva licencia para seguir operando de la manera más parecida a como se venía haciendo hasta ahora.

Las intervenciones en aquella cumbre son el reflejo claro de la posición de la élite corporativa barcelonesa ante la regulación de sus actividades. De nuevo escuchamos a lobistas rescatados del mundo político como a la que fue Directora General de Turismo de la Generalitat con CIU. Años atrás su reforma de la normativa de apartamentos liberalizó las licencias en Cataluña, a la vez que dejó que los ayuntamientos decidieran a nivel local sus propias condiciones para otorgarlas. En Barcelona, su partido fue el que se calló del caballo de la desregulacion y decretó una congelación cuando medio parque inmobiliario se estaba convirtiendo en apartamento turístico.

Pero cuando las cosas se ven desde el lado del sector privado, el discurso se radicaliza. «Barcelona tiene un problema de reputación. La realidad es que llevamos unos años en los que no se gobierna ni se actúa; solo se prohíbe». «Toca hablar ya de soluciones, no de los problemas. El actual gobierno es cautivo de su ideología». Es interesante desarrollar esta última idea de quién es cautivo y de qué.

Cautivos

Hay una cuestión tremendamente ideológica en quienes defienden el laissez faire por encima de todo. Pero esa ideología no se elige, se incluye entre líneas en el currículo y viene en los requerimientos del puesto de trabajo. Aunque, todavía más que de una ideología, de lo que es cautivo el cabildero es de una serie de imperativos económicos particulares que están por encima de todo lo demás. La ex-política de CIU que intervino en aquella cumbre es ahora la representante de Julià Travel, una de las concesionarias del Bus Turistic. Es el negocio basado en los grandes volúmenes por excelencia. De ahí vienen en parte sus críticas a las regulaciones restrictivas. La ciudad turística saturada es el fundamento de ese modelo de negocio. A partir de ella, luego se trata de pastorear a las aglomeraciones de aquí para allá en buses de dos pisos circulando por decenas.

Todavía quedan abundantes líderes turísticos chapados a la antigua como estos. Desentenderse de los costes —medioambientales, laborales, culturales o sociales— es prácticamente una tradición en el sector. Año tras año, a la vez que se registran récords de crecimiento, las consecuencias negativas se van disimulando bajo la alfombra. Se ignoran sistemáticamente y la cuenta se le deja al contribuyente para que sea él quien se ocupe. No son las causas del malestar de los residentes lo que preocupa, sino la mala prensa. Se espera que el dinero recaudado con los impuestos al turismo se utilice para lavar una imagen que él mismo deteriora. Cuando los números flojean, reclamar más marketing con dinero público es su reacción automática.

Oximoron

Así las cosas, otra de las lecciones acerca del overtourism es que es ingenuo pensar que observar las consecuencias de la saturación en las ciudades va a cambiar a las empresas turísticas. Ellas tiene las manos atadas por sus imperativos económicos particulares y, si les hacen caso, los planificadores públicos también las tendrán. Su actuación se limitará a un oximoron paralizante: la planificación reactiva. Solo estarán llamados a intervenir cuando ya sea demasiado tarde, para apagar incendios en lugar de evitar que se produzcan. El privado, impaciente, cortoplacista e interesado no es capaz por sí solo de tener una concepción holística del turismo. La gestión y planificación pro-activa requiere liderazgo público.

El nuevo mantra en Barcelona es el turismo de calidad. Es la frase que se está usando para referirse a sustituir al visitante de ocio nocturno por el de compras. Lo cierto es que, digan lo que digan los interesados en negarlo, el turismo de calidad abandona las ciudades saturadas. Los que tienen dinero para pagarlo, evitan esa experiencia deteriorada y se buscan otra mejor. El imaginario colectivo está poco a poco cambiado y los que viajan están cada día menos por la labor de visitar la ciudad sobreturistizada. Es una ciudad de números, de crecimiento cuantitativo y un viaje hacia el fondo. Esto no les importa a los cabilderos que se ocupan de varias ciudades a la vez. Cuando se les haya agotado una, se buscarán otra cosa.

El  verdadero reto para conseguir una economía más saludable en torno al turismo pasa por tener en cuenta las externalidades asociadas a sus costes ocultos. Ellas son las que erosionan el valor medioambiental o cultural de los destinos y han de incluirse a la hora de calcular los resultados netos de la actividad. Conseguir avanzar en esa dirección va a requerir una nueva generación de talento y liderazgo turístico. Académicos, políticos y profesionales con visión de futuro para quienes los riesgos que siempre acompañan al turismo no sean un tabú. Que sean capaces de desarrollar formas de medir y de mejorar la gestión de los destinos. Esto exigirá ignorar a los reaccionarios que se empeñan en disimular defectos bajo unas alfombras que hace tiempo que no los tapan.