Innovar como último recurso: se han cometido más horrores en nombre de la innovación que en el de cualquier otra cosa.

Charles Eames

¿Está la innovación sobrevalorada? ¿No es más importante el mantenimiento para la mayoría de la gente? Hace tres años, la revista norteamericana Aeon se hacía estas preguntas en un artículo titulado Hail the maintainers¡Salve a los encargados del mantenimiento!— Allí se argumentaba que la innovación, un término pegadizo venerado por igual en Silicon Valley, Wall Street o Washington, se había convertido en la ideología dominante de nuestra época.

Mantenedores

Quienes lo firman pertenecen a The Maintainers, una red internacional que se dedica a investigar acerca de conceptos como mantenimiento, infraestructura o reparación y el papel que juegan en nuestras vidas. Entre sus miembros hay académicos, empresarios, artistas o programadores que se reúnen en una conferencia anual que ya ha anunciado su próxima edición para este otoño en Washington.

Celebramos las novedades, pero nos fijamos poco en lo que pasa después, que es lo que verdaderamente debiera preocuparnos. «El mantenimiento y la reparación, la construcción de infraestructuras, esa labor mundana que es la que sostiene a unas infraestructuras eficientes que funcionan, sencillamente, tienen más impacto en la vida diaria de la gente que la mayoría de las innovaciones tecnológicas», se decía allí.

El artículo cuenta la historia de cómo la innovación y sus variantes —la disrupción, la creatividad y el emprendimiento— han acabado convirtiéndose en los EEUU en un verdadero credo contemporáneo. Según los autores, la idea de progreso social, preocupada por cuestiones como la igualdad o la inclusión, se fue abandonando. En especial, en tiempos de crisis económica, algunas de sus exigencias resultaban ser un estorbo. Había que encontrar algo más vago, menos ambicioso, éticamente neutro y amigable para el mercado. La innovación fue ese hallazgo, una palabra con resonancias casi místicas. De su matrimonio con la tecnología, se esperan soluciones para todo. Solo es cuestión de dejarles vía libre y esperar.

Miopía

El relato que ensalza a la innovación es verdaderamente evocador, pero no se mantiene en pie sin algunos convenientes episodios de miopía selectiva. Más que a inventar, innovar se refiere a encontrarles usos a las cosas nuevas e introducirlas en la sociedad o el mercado. Este proceso es, en teoría, moralmente agnóstico. Tan innovador es buscar la cura del cáncer como el descubrimiento de la cocaína en forma de crack —que efectivamente en los años 80 requirió mucho I+D y emprendimiento—. Pero pretender mantener en un limbo moral a unas actividades cuyas consecuencias pueden ser tan graves, sencillamente, choca con la realidad. Siempre asociamos valores éticos a las cosas, incluidas las de esta naturaleza, aunque se pretendan sobrevolar con un discurso utópico.

Centrar el foco en la innovación, además, exagera cual es su verdadero papel en la tecnología, lo cual también choca con la práctica diaria. La introducción de la novedad es solo la fase más temprana del desarrollo y de la utilización de la tecnología. Quizás sea una parte especialmente llamativa, pero ese detalle no nos debería hacer olvidar que forma parte de un todo más expansivo y esencial.

Devaluación

La mayoría de las invenciones que nos rodean se mantienen durante años inalteradas y es mejor que así sea, sobre todo, cuando se trata de cosas esenciales para la vida, como el agua o la electricidad. Con ellas, la continuidad casa mejor que la ruptura permanente. El trabajo invisible de mantener al mundo funcionando ocupa un lugar más central en nuestras vidas que las anécdotas acerca de unos geniales innovadores que se sitúan en los márgenes. Al exagerar el protagonismo de estos últimos, subestimamos conceptos que puede que no estén de moda, pero que son igualmente importantes.

Una concepción inmadura de la tecnología eclipsa el valor de las infraestructuras y los esfuerzos necesarios para su conservación. Ensalzando a la innovación, devaluamos al mantenimiento y a quienes se ocupan de él, que no reciben estatus social y el salario que les corresponde por la importancia de la labor que realizan a cambio.

Estropicios

Aquel texto, fue una de las lecturas más inspiradoras que cayó en mis manos en ese momento. En abril de 2016, cuando se publicó, aún nos encontrábamos en una fase de celebración sin contemplaciones del proceso de digitalización que se nos presenta eternamente como revolucionario. Pero aquella crítica, que entonces sonaba excéntrica, no caería del todo en saco roto. Pronto, las consecuencias palpables de las nuevas tecnologías empezarían a preocupar a un público cada vez más alarmado, como hemos explicado en otro lugar.

Los innovadores, al llegar, quitaron a lo viejo para ponerse ellos a “hacer del mundo un lugar mejor”, según decían. Sin embargo, lo que han conseguido es empezar a ser vistos como causantes de estropicios y creadores de problemas. En parte, esto es debido a esa forma empobrecida de entender el papel de la tecnología en las vidas de la gente.

Imperativo

El MIT, recientemente, se ha sentido aludido y ha salido a recoger ese guante para reparar la reputación de quienes considera como suyos. Ya no se trata solo de unos pocos académicos, la crítica está en la prensa, en las series de HBO y en la calle. El informe de 400 páginas ¿Necesita América a más innovadores? publicado en 2019 reivindica el papel de ese nuevo tipo de seres que el instituto se dedica a formar. Esta vez, no se fija en la innovación en si misma, sino en ellos, los hacedores de cambio, los innovadores, esos ciudadanos que harán nuevos descubrimientos, disrumpirán viejas maneras, solucionarán problemas sociales intratables, crearán riqueza y asegurarán la supremacía nacional.

El texto empieza fuerte, recordando un manifiesto donde la innovación se presenta como imperativo nacional norteamericano. Esta visión, que prácticamente convierte al innovador en héroe de la patria, luego se matiza admitiendo que no todos la comparten. Respecto a la innovación, el mundo se divide ahora para el MIT en campeones, críticos y reformadores. Es cuestión de darles un espacio a todos ellos para que se expresen.

En el suyo, los campeones de la innovación insisten en no hacer concesiones ante la crítica y proponerse a sí mismos como modelos. La educación debería de reformarse a su imagen e inculcar en los estudiantes el espíritu de «solucionadores» que les caracteriza y que les hace preguntarse a cada paso ¿Cómo podríamos…?

Dilema

Lo que sucede con esta mentalidad es que la pregunta que en realidad se hace el innovador, cada vez más embebido en la lógica del mercado en su faceta de emprendedor, es: ¿Cómo podríamos encontrar soluciones rentables? La respuesta entonces es salir a buscar los problemas, muchas veces inventándolos o tolerándolos. Aquí es cuando el dilema del innovador toma su forma clásica de pescadilla que se muerde la cola. ¿Cómo haremos para dar a los jóvenes las herramientas para sobrevivir en un mundo en cambio perpetuo que luego utilizarán para cambiarlo todavía más? y vuelta a empezar con las siguientes promociones.

Esta rotación eterna, como ya hemos visto, no es una exigencia del progreso, sino, más bien, responde una promesa abstracta de prosperidad que nunca acaba de llegar para todos, pero que requiere circulación ininterrumpida. Este estado de las cosas beneficia a los que encuentran esas soluciones rentables, mientras que el resto se queda con los problemas que las acompañan, hasta que ya no es posible esconderlos por más tiempo debajo de las alfombras. Este sería el origen del descontento en aumento con las tecnológicas y de las llamadas recientes a intervenir regulándolas. La tecnología como un fin en si mismo conduce a una situación de bloqueo que impide avanzar en muchos aspectos.

Críticos

En el capítulo de críticos, de nuevo los miembros de The Maintainers tienen algo que decir. Los mismos autores de aquel artículo de hace tres años son ahora invitados por el MIT a exponer su visión alternativa. Lo hacen en una pieza en la que se esfuerzan por diferenciar el avance tecnológico de lo que podríamos llamar coloquialmente «la charla de la innovación» que llevamos demasiados años escuchando. Retórica y postureo que no son banales, sino interesados, ya que están pensados para favorecer al mercado —que es quien paga—. Pero es que, además, están resultando ser tremendamente irresponsables.

Los que escriben son profesores en escuelas técnicas. Allí se están encontrando con la frustración de los ingenieros que se forman con expectativas exageradas del papel que tendrá la innovación en sus trabajos. El 70% no se dedicará a nada que tenga que ver con ella o con el emprendimiento. Eso no quiere decir que no se requiera talento y creatividad para encontrar soluciones diarias que mantengan a los sistemas en marcha, solo que a los encargados de hacerlo les hemos quitado el prestigio y el sueldo para dárselo a personalidades oscuras como Bezos, Thiel, Musk o Zuckerberg y sus imitadores.

Brújula

Convendría restaurar la brújula moral de profesiones que son clave, se argumenta en el nuevo artículo titulado Formar mantenedores: Ingenidería, educación y ética del cuidado . Para hacerlo, recomienda algo que está dando buenos resultados en la formación de ingenieros. Conceptos importantes como mantenimiento o infraestructura recuperan el protagonismo que les corresponde cuando al tótem de la innovación se le sustituye por la ética del cuidado. Este planteamiento es un aporte de la teoría feminista de finales del siglo pasado que se dio a conocer con libros como In a Different Voice (1982) de Carol Gilligan.

Su punto de partida es reconocer que en nuestra especie dependemos los unos de los otros de muchas maneras. Una de ellas es a través de teconologías e infraestructuras que requieren esfuerzos masivos de coordinación y colaboración para sostenerse. Esto choca con el mito del individuo aislado hecho a si mismo como un ser de luz meritocrático desconectado del resto de la sociedad, tan presente en algunas mentes liberales.

Forajidos

A los innovadores de hoy quienes verdaderamente les inspiran son los protagonistas de los libros de Ayn Rand como Howard Roark, el arquitecto que incendia una promoción de VPO porque su diseño ha sido pervertido por los mediocres burócratas del ayuntamiento con sus modificaciones. Los hackers y ciberpunks de Silicon valley se modelan a sí mismos a imagen de forajidos y tramperos furtivos del salvaje oeste con licencia para arrasar allí por donde pisan. ¿Cuando esta mentalidad acapara toda la atención y la inversión, qué podría salir mal? Eso es precisamente lo que estamos empezando a comprobar.

Los mantenedores plantean una visión alternativa más en consonancia con la realidad, menos dependiente de promesas vagas. Mantener, para ellos, es cuidar y su impacto positivo en nuestras vidas es superior al de innovar. No se pretende entorpecer el cambio, sino encontrarle el lugar que le corresponde sin exagerarlo. Todo seguiría todavía sujeto a mejora y sustitución. Allí donde se encuentren nuevos métodos o herramientas superiores para cuidar de nuestro mundo y de los sistemas que se necesitan para que funcione bien, se adoptarán. Pero ni la tecnología debe de reducirse a innovación ni ninguna de ellas puede considerarse un fin en sí misma —con beneficios que se les asocian en abstracto, mientas se finge miopía respecto a sus aspectos problemáticos en la realidad—.

Trechbros

Hace unos años la prensa especializada en tecnología hizo autocrítica desde dentro de aquel ambiente buscando una explicación de lo que estaba pasando. Asuntos de género y de clase aparecieron en el debate con el cliché del techbro. Era la manera de referirse al colegueo masculino de las startups fundadas casi exclusivamente por chavales veinteañeros que estaban empezando a causar estragos con sus inventos.

No es disparatado ver a Facebook, por ejemplo, como el juguete tóxico de unos niñatos malcriados en las universidades de élite norteamericanas. De ellas salen cargados de los defectos éticos de unas instituciones empapadas por la ideología neoliberal de quienes las financian. Durante demasiado tiempo, se ha estado premiando la figura del genio creador de problemas que ha venido a romperlo todo para que las cosas se hagan a su manera. A muchos de ellos, se les ha hecho grotescamente ricos y se les ha convertido en héroes a imitar. Ahora toca reaccionar ante tales excesos.

Los mismos creadores de la red social han admitido públicamente que no permiten que sus hijos la usen, precisamente, porque la conocen bien. Varios fundadores de Facebook llaman ahora a acabar con el excesivo poder de su ex-socio convertido en un zar autoritario tomando decisiones más que discutibles que afectan a más de dos mil millones de personas. Al madurar, el techbro está dando paso a otro perfil: el del multimillonario arrepentido.

Patrón

Equipos de chicos mayoritariamente blancos con talento y ambición desmedidos, dispuestos a lo que sea por formar parte del sistema. Inversores impacientes que les presionan y premian a aquellos proyectos capaces de hacer dumping económico y social. Reguladores de patio de colegio que permiten experimentar sin responsabilizar a nadie de nada. Salida a bolsa o adquisición millonaria. Emprendedores que, tras canjear su parte y tener su primer hijo, reflexionan y se arrepienten. Con la perspectiva suficiente, este es el deprimente patrón que está saliendo a la luz. Una pérdida de tiempo, talento y recursos.

Zuckerberg no inventó los niveles crecientes de penetración de Internet y de conectividad vislumbrándose a principios de este milenio. Cualquiera era capaz de reconocerlos, él solo se los encontró ahí. Su dudosa aportación fue convertirlos en Facebook: una red social que manufactura la atención de sus usuarios y la pone al servicio de un mercado opaco de anuncios que les espía.

Internet se originó en comunidades de entregados ingenieros y activistas adeptos al «hazlo tu mismo» colaborando con académicos y científicos de universidades. Se financiaban con dinero publico, casi siempre, del presupuesto de defensa. Luego, una pandilla de espabilados consiguieron canalizar toda esa energía y metérsela en el bolsillo. En su libro El enemigo conoce el sistema, Marta Peinaro cuenta como Bill Gates y Steve Jobs hicieron todo lo posible por neutralizar el movimiento a favor del software libre y domesticarlo en beneficio de sus corporaciones, aliándose entre ellos cuando fue necesario. Google primero y Facebook después culminarían su labor.

En muchos aspectos, esto es una oportunidad perdida. Al exacerbar la épica de la disrupción ninguneando a la ética del cuidado, la humanidad estaría tirando por el retrete muchas de las mejores posibilidades de un invento genial.

Transversal

Reivindicar el papel del mantenimiento no se corresponde con unas ideas políticas en particular. Algunas de las razones para hacerlo convencerán a ciertas formas de conservadurismo —las que argumentan que tenemos un deber moral de cuidar lo que hemos heredado de nuestros predecesores—, mientras otras seducirán a facciones del progresismo —las que afirman que un capitalismo sano require intervenir activamente en asuntos como la contaminación, la seguridad y el bienestar del trabajo—. Trump, sin ir más lejos, llegó al poder con un programa de renovación de infraestructuras por un valor de 2 trillones —americanos— de dólares apoyado por los demócratas. Es cierto que, fiel a su estilo que antepone sus intereses personales a todo lo demás, lo mantiene bloqueado hasta que dejen de investigarle por asuntos que no tienen nada que ver.

Mientras tanto, los que si que se han convertido en universales y transversales son esos credos contemporáneos de los que aquí hemos hablado. La innovación, la disrupción, la creatividad y el emprendimiento siguen siendo los ropajes que cualquiera piensa que le favorecen independientemente de lo que lleve en el interior. Es lo que permite que Macron y Pedro Sáchez suspiren por que sus países se parezcan más a las startups, mientras que el nuevo gobierno conservador de Andalucía abandere la innovación para su plan de turismo. ¿De verdad se merecen tanta veneración?