Economía de plataforma digital

En estos últimos años han florecido varias «nuevas economías digitales» sucediéndose cada pocos meses. Todas ellas son manifestaciones de un fenómeno más amplio: la economía de plataforma digital.

La economía colaborativa empezó a ha hacerse popular hace cuatro años anunciando la llegada de un cambio de era.  Todos los recursos se compartirían de particular a particular con gran eficiencia por Internet. Las nuevas posibilidades para coordinarse que iban surgiendo con el avance de las tecnologías de la información y los móviles lo facilitaban.

Ese tono idealista que acompaña a lo colaborativo cambió cuando comenzamos a oír hablar de la gig economy —economía de los «bolos» o encargos—. Mucha gente estaba ganándose un sueldo o un dinero extra ofreciéndose para hacer todo tipo de servicios. Recados, tareas domésticas, llevar a otros en coche, traducciones, modificar algoritmos, programar… Son solo unos pocos ejemplos de los trabajos con los que uno puede participar en  la gig economy. Para cada uno de ellos, existen mercados digitales internacionales —marketplaces— donde la competencia tiende a aumentar y las condiciones laborales a deteriorarse.

También se ha utilizado la expresión on demand economy —economía bajo pedido— para referirse a servicios físicos que el usuario permanentemente conectado espera encontrar y reservar, aquí y ahora, por medio de apps o por Internet. Quienes los ofrecen son profesionales o particulares que se han dado de alta libremente en esos mercado digitales. El acceso a ellos es inmediato. En teoría, el usuario encontrará allí libertad y flexibilidad para decidir cómo, dónde y cuándo quieren presta sus servicios.

Lo que tienen en común todas estas nuevas economías es que el papel central lo ocupan plataformas digitales que crean entornos propicios para que quien necesita algo conecte con quien lo ofrece y ponen las condiciones necesarias para que se preste el servicio o se produzca la transacción en cuestión.

¿Innovación, a qué coste?

En el proceso imparable de la digitalización, cada vez más ámbitos y mayores porciones de la economía están pasando a desempeñarse a través de plataformas digitales. Hasta ahora, muchas de estas nuevas plataformas han surgido y han crecido en los márgenes de la legalidad. Los reguladores no han podido no han querido desarrollar nuevas normativas o adaptar las que se estaban quedando antiguas.

Al afrontar los asuntos que tienen que ver con la tecnología, la primera reacción es fijarse sobre todo en la parte innovadora, la creación de negocio, el efecto positivo sobre la competencia —que obliga a los operadores tradicionales a ponerse las pilas— y la aparición de nuevos servicios en el mercado —que deleitan a los clientes con altas dosis de conveniencia e inmediatez—.

Superada la fascinación inicial por la novedad, inevitablemente, va apareciendo la necesidad de hacer una reflexión acerca del modelo hacia el que nos estamos encaminando. Es ahí donde nos encontramos ahora con la economía basada en plataformas digitales. Es cierto que ya no necesito reservar un hotel, llamar a un taxi o contratar a un diseñador gráfico por que hay un servicio alternativo más barato, que me ofrece un particular por Internet a través de una app, pero, en realidad ¿Cuál está siendo el verdadero coste?

Hacia la regulación de las nuevas economías digitales

Hay signos de que ese cambio de enfoque está sucediendo en la forma de tratar el fenómeno de la economía colaborativa en la UE. Al principio quienes la defendieron fueron los se ocupan de los asuntos de la competencia —sin llegar a explicar cómo la acumulación del mercado en manos de grandes operadoras americanas que acaban creando situaciones de casi-monopolio es tan beneficiosa para la competencia dentro de la unión—. Ahora sin embargo, hay una verdadera preocupación por estudiar la situación de los trabajadores en la economía colaborativa. El Comité de Empleo y Asuntos Sociales del Parlamento Europeo ha publicado un estudio en profundidad sobre “La Situación del los trabajadores en la economía colaborativa”(en inglés). Habrá que ver si esta preocupación se acaba reflejando en la normativa comunitaria. 

Las plataformas digitales que llegaron las primeras, en lo que se  refiere a la legalidad, se crearon y crecieron en la jungla, lo cual les ha permitido alcanzar una posición dominante. Sin embargo, cada vez parece más claro que su supervivencia a largo plazo y los derechos de los usuarios que trabajan en ellas depende de una regulación adecuada.