Imagen: clases al aire libre en NY durante una pandemia alrededor de 1911. Fuente: Biblioteca del Congreso de los EE. UU.

EdTech es una etiqueta que celebra la creciente penetración de la alta tecnología en la educación. Junto con el teletrabajo, esta tendencia se ha intensificado con la pandemia del coronavirus. Entre otras cosas, las herramientas de la EdTech han facilitado la enseñanza en remoto que permite compaginar las clases con el distanciamiento social. La tolerancia a la intrusión de grandes tecnológicas en el ámbito educativo ha ido en aumento por la gravedad de la situación y gracias a la conveniencia casi providencial que esas soluciones digitales han sido capaces de aportar en el corto plazo.

Con los confinamientos, llovieron las ofertas a bajo coste, freemium o gratis de los proveedores de aulas virtuales; desde compañías emergentes como Zoom, que eliminó el límite de 40 minutos por videoconferencia gratuita para los colegios de algunos países, hasta los gigantes ya asentados como Microsoft o Google, que han dado todo tipo de facilidades de acceso a las versiones educativas de Teams o Hangouts respectivamente.

«En un momento como este, las herramientas colaborativas en la nube que hacen posible el despliegue de entornos de aprendizaje a distancia, como Teams, se vuelven si cabe más necesarias. Además de la tecnología, hemos puesto a disposición de los colegios de la Comunidad de Madrid formación al profesorado y la experiencia de nuestros partners, profesionales y profesores innovadores, para resolver cualquier duda y puedan seguir con sus clases», señalaba en junio Belén Gancedo, directora de Educación de Microsoft en España

Escuelas, colegios, universidades y academias públicas o privadas se han apresurado a adaptar sus clases a la red y a trasladar sus temarios a una nube que no es tan etérea como sugiere la metáfora que se ha elegido para llamarla. En el polo norte, bajo tierra, sumergidos o en algún apartado edificio, hileras de servidores hasta donde alcanza la vista se conectan entre sí y con el exterior. Son el destino de la cosecha global de big data que se extrae de sensores y dispositivos omnipresentes y se usa, por un lado, para alimentar a las inteligencias artificiales del futuro y el mercado digital de los anuncios y recomendaciones, por otro. La capacidad computacional que han conseguido empresas como Google o Amazon no está al alcance de nada ni nadie más en el mundo. Ningún país se acerca ni por asomo a poseer algo así. Si allí es donde acabará alojado todo el conocimiento del planeta es porque, sencillamente, este se ha hecho dependiente de esa infraestructura. 

Lo verdaderamente inquietante en el avance imparable de la EdTech no es que esos proveedores, llegado el momento, encontrarán la forma de cobrarse sus servicios subiendo los precios, sino una tendencia de fondo aún más perturbadora: el coronavirus está acelerando la rápida sustitución de una infraestructura educativa por otra tecnológica concentrada en las manos de un puñado de empresas. Colegios y universidades, sus instalaciones y profesorado empiezan a verse como dinosaurios que no nos podemos permitir y que, además, no están capacitando a los trabajadores para puestos en la economía digital que, por otro lado, ella tampoco proporciona.

En tiempos de austeridad, pocos políticos se resisten a la tentación de presentar las promesas de la EdTech como la panacea universal. En lugar de invertir en educación, desinvertir gracias a la digitalización se puede vender como un gran éxito. De España a Canadá, se anuncian compras de dispositivos informáticos para las escuelas como forma de atajar la brecha digital. Ese dinero público acaba así vinculado por defecto a los servidores, los sistemas operativos y las aplicaciones de la empresa privada, siempre sujeta a sus objetivos de mercado.

Luego, el prestigio de las firmas de la alta tecnología está sirviendo como sello de aprobación de lo que hacen los gobiernos. El logotipo de Google aparece destacado en cada página del documento de «propuesta integral frente al Covid-19» de la Secretaría de Educación Pública de México que busca «brindar a estudiantes una educación de calidad y de excelencia a distancia, a través de las herramientas que ofrece Google for Education y YouTube, contribuyendo a la continuidad de las actividades educativas durante el periodo de contingencia nacional». La versión «for education» de los productos Google no tiene publicidad ni extrae datos del usuario, se recordaba en el comunidado de prensa emitido en vídeo del 22 de abril del 2020

Lo que se estaba anunciando allí no era una solución digital para salir del paso ante una emergencia sino «las bases de un sistema de educación a distancia sustentable y escalable». Se espera que las licencias gratuitas de Google for Education lo sean para siempre. Cualquier consumidor, incluido el gobierno mejicano, sabe que no hay nada gratis y que aquello que lo parece se acaba pagando de una forma u otra.

Google siempre se ha dedicado a cruzar hábilmente los límites de lo aceptable y de sus propias promesas en materia de privacidad. Puede que su comportamiento provoque protestas en ciertos momentos, pero, a la larga, la resistencia de los usuarios satisfechos con todos esos servicios a su alcance se va anestesiando y la extracción de datos de comportamiento cada vez más privados acaba normalizándose. Google for Education no tiene por qué ser una excepción en una estrategia que ya forma parte de la firma. 

«Servicios por datos» es en síntesis el modelo de negocio creado por Google a principios de siglo que les permite a las tecnológicas cobrarse lo que solo es gratis en apariencia. Hoy el dato se extrae como carburante y, con el coronavirus, la datificación avanza con fuerza en el ámbito educativo.

En la comunidad autónoma de Galicia en España, durante la desescalada saltó la noticia de que, entre protestas del profesorado, los alumnos y los sindicatos, la Xunta —el gobierno regional— se ha visto obligada a retirar un borrador enviado a sus universidades para la transformación de la docencia en una innovadora «formación blended» con elementos presenciales y online por igual. Entre las capacitaciones digitales del profesorado se menciona la gamificación, el role play o lo experiencial. La formación asincrónica —que no requiere presencia a tiempo real— se equipara a contenido online que se anima a que esté grabado en forma de charlas TED a la vez que se incentiva la generación de gran cantidad de material viral del que funciona bien en redes sociales. La transición estaría supervisada por una comisión formada por empresas privadas como bancos o grandes energéticas.

El profesorado o el alumnado ya no ocupa el centro del nuevo modelo que hoy se promociona como innovador, sino plataformas digitales propiedad de proveedores comerciales de software. Influenciado por ellas, el papel de los profesores y alumnos es ahora el de creadores de contenido digital y fuentes inagotables de datos. La extracción ubicua de información de comportamiento y de los desempeños de los usuarios de los sistemas educativos se presenta como algo natural y beneficioso. En un entorno así, pronto florecerán espontáneamente el conocimiento y la formación de calidad. 

Pero, vistos los resultados de ese modelo en otros terrenos, someter a las universidades a la economía de plataforma parece una gran imprudencia. Basta observar, por ejemplo, lo que está sucediendo con la cultura o la creación artística. Puede que a Amazon o Spotify les vaya muy bien con los libros y la música, pero es a los únicos. La media de ejemplares que vende un autor en las plataformas es de dos al mes y los grupos cobran cantidades irrisorias por millones de escuchas en streaming. El arte como un modo de vida y el artista profesional podrían estar desapareciendo en una economía digital que, lanzada a la carrera a ninguna parte del todo gratis y el low cost, apenas tiene nada para pagar a casi nadie. La imagen edulcorada de un florecimiento de las artes debido a que cualquiera puede dedicarse a crear en la red choca con la dura realidad de músicos vendiendo sus instrumentos para comer que denuncian periodistas musicales en España.  

En la apuesta por la EdTech, la aspiración más ambiciosa es llegar a sustituir a la universidad por empresas como Google. El 13 de julio el buscador anunciaba en su blog el lanzamiento en su país de titulaciones profesionales llamadas Google Career Certificates «que ayudarán a los estadounidenses a obtener calificaciones en campos laborales bien remunerados y de alto crecimiento, sin necesidad de un título universitario». «Las titulaciones universitarias están fuera del alcance de muchos estadounidenses y no se debería necesitar una licenciatura para tener seguridad económica». La compañía ofrece formación en cursos de 6 meses que sus propios departamentos de personal «considerarán como equivalentes a un grado de cuatro años para los puestos relacionados». En Europa, algunos de ellos están disponibles en la plataforma Coursera. 

Los ataques desde los ambientes tecnológicos a la comunidad educativa se han convertido en un clásico desde hace ya años. Las famosas becas Thiel pagan a los alumnos por abandonar la universidad para convertirse en emprendedores. Fueron creadas y financiadas por un multimillonario, casualmente, licenciado en derecho por Stanford, como la mayoría de los que lideran las grandes tecnológicas que se han formado en las universidades de élite norteamericanas que ahora critican. 

En el caso de Google, esta hipocresía resulta extremadamente llamativa. Los orígenes del buscador fueron las investigaciones para un doctorado de sus dos fundadores que acabaron teniendo aplicación comercial. La compañía ha sido conocida durante años por admitir exclusivamente a gente con expedientes académicos brillantes. Ha abanderado, además, una corriente que liga creatividad y productividad con entornos donde florecen las interacciones informales más propios de las residencias de estudiantes que de las oficinas. A sus sedes como el Googleplex en California se les suele llamar «campus», un término tradicionalmente asociado a la universidad. Con parques al aire libre, piscinas y cafeterías, recuerdan más a los espacios interdisciplinares donde interactúan estudiantes de carreras diversas. Allí se anima a los trabajadores de distintos departamentos a mezclarse dando paseos en segway por grupos, a hacer deporte en equipo o a compartir el ocio. Los recién contratados tienen que llevar puesta los primeros días la infame gorra de hélice con los colores corporativos que recuerda a una de esas novatadas de las fraternidades que salen en películas de universitarios americanos. 

Todos esos esfuerzos por parecerse a universidades conviven en los últimos años con una retórica de descrédito de las instituciones educativas. Quizás tenga que ver con la entrada de Google en el mercado de la enseñanza donde los colegios y universidades son su competencia directa. En una entrevista de 2013, el vicepresidente encargado de asuntos de personal, Laszlo Bock, afirmaba que la compañía había dejado de fijarse en las buenas notas y que cada vez se estaba contratando a más trabajadores sin formación universitaria. «Los entornos académicos son artificiales. Las personas que tienen éxito allí están condicionadas para triunfar solo en ese tipo de entorno», decía alguien que, casualmente, otra vez, exhibe en Linkedin un MBA por Yale.

Como se afirma en el anuncio de los nuevos títulos profesionales de Google, la deuda de los estudiantes es uno de los grandes problemas nacionales en EE. UU.  La EdTech plantea una solución alternativa que permitiría ahorrarse la carga de una educación pública asequible a cambio de pasar por caja en Google o similares a los precios de bajo coste habituales de la economía de plataforma. Unos cincuenta euros al mes suenan más que razonables por un grado equivalente a la educación de cuatro años. El tipo de formación que se imparte, eso sí, no se parece en nada a ir a la universidad. El nuevo modelo descentraliza la enseñanza a los hogares de los estudiantes. Conectado por herramientas tecnológicas, el sujeto es ahora el alumno atomizado y socialmente aislado de los demás.

En esto, la diferencia entre lo que se predica y lo que se practica en Google apenas disimula una celebración del privilegio y la desigualdad extrema casi ofensiva. Los campus donde uno es más creativo y productivo ya no son para estudiantes, sino que se reservan a unos pocos elegidos, ese puñado de trabajadores que han sido seleccionados —no mediante notas, sino con big data y entrevistas basadas en el comportamiento— para acceder a uno de los escasos puestos en empresas superestrella que, no nos engañemos, no son la General Motors y apenas crean empleo.

Independientemente de sus contradicciones y de los verdaderos intereses de Google en promocionar una retórica en contra de la educación universitaria con su poderosa propaganda, cabe plantearse si los empleadores, para empezar, son los más indicados para ser a su vez los educadores.

En primer lugar, las empresas como Google no tienen incentivos suficientes para formar al «habitante de la polis» con derechos y deberes de ciudadanía. La compañía se limita a capacitar con herramientas básicas al subalterno de la economía digital, mientras los líderes con títulos radiantes en sus currículos se eligen por redes de confianza e influencia donde los tech bros se reconocen los unos a los otros por estar acostumbrados a navegar los ambientes elitistas, incluidas las universidades famosas.  

Asimismo, otra cuestión previa es sí Google se merecería el título de educador que se ha otorgado a sí misma. Aparte de unos hallazgos técnicos que saltan a la vista, sus directivos y fundadores podrían transmitir al resto de la sociedad las deficiencias éticas igual de evidentes de quienes, bajo la presión de los imperativos del mercado, han creado un aparato global de vigilancia masiva. Google es el padre del modelo de negocio que ha puesto el turbo a la economía de la atención. En ella, los productos se diseñan para generar de forma premeditada algo parecido a la ludopatía que está provocando un formidable problema de salud pública y minando los cimientos de la democracia al priorizar lo que divide y enfada a la gente. Hay mucho que objetar a que los que cada día más se están manifestando como unos creadores de estropicios se adjudiquen el papel de profesores.