¿Cómo conoció el término de decrecimiento y que le motivó a escribir un artículo sobre el decrecimiento turístico?

El término decrecimiento tiene ya varias décadas. Yo lo escuché por primera vez hace bastantes años. No sabría decir exactamente cuando. Más recientemente, volví a encontrarlo en el debate público acerca del turismo que se reavivó con fuerza en Barcelona a partir del 2014. Entre la población local, la preocupación por los efectos de la actividad turística aumentó—hasta acabar colocándose como primer problema en el barómetro municipal—. La crítica al turismo dejó de estar reservada a activistas. La conversación pasó a la prensa o a la calle, esta vez, con una versión menos edulcorada del turismo de lo que hasta entonces había sido habitual. La irritación turística revitalizó a los movimientos vecinales que tomaron protagonismo. El decrecimiento aparecía en los planteamientos de algunas de las asociaciones.

En particular, yo diría que ha sido a la ABTS (Asamblea de Barrios por el Turismo Sostenible) la agrupación que más visibilidad le ha dado al término. Fui siguiendo con interés lo que publicaban sus miembros u otras personas o asociaciones en esa órbita.  El decrecimiento es uno de los análisis que se plantea las cuestiones más fundamentales. Dibuja una economía globalizada estancada en su vertiente industrial que necesita a los servicios del turismo como uno de sus puntales. Pero el crecimiento explosivo de la actividad turística va acompañado de consecuencias negativas. Cuestionar el crecimiento significa cuestionar algo elemental. Casi un tabú para muchas mentalidades. Me parece un análisis que merece escucharse y, además, creo que no debe de haber tabús en el debate de propuestas; por eso escribí acerca de ello. 

¿Podemos continuar creciendo sin límites?

Es bastante discutible que podamos crecer siempre, al menos con el tipo de crecimiento económico medido en términos cuantitativos que perseguimos ahora. La lógica para pensar así es elemental y se expresó ya hace tiempo. En 1972 el informe Los límites del crecimiento llegaba a la conclusión de que, en un planeta de recursos limitados, el crecimiento exponencial no es sostenible. 47 años después, las consecuencias del modelo de crecimiento se pueden percibir a nuestro alrededor sin necesidad de acudir a predicciones científicas. El cambio climático, por ejemplo, es una realidad visible en los entornos más frágiles. Existe el «turismo de la última oportunidad» que consiste en ir a bucear en arrecifes de coral o a ver osos polares antes de que desaparezcan.

Esto no impide que el modelo de producción y consumo hegemónico siga teniendo una gran mayoría de defensores. Los hay que mantienen teorías conspiranoicas acerca de que el cambio climático es un bulo inventado por China —como Trump y algunos de sus seguidores— y también hay analistas más sofisticados. Estos últimos ofrecen todo tipo de datos que apuntan a que, si se mira desde cierta distancia, todo indica que vamos en la buena dirección y que no es necesario intervenir. Según ellos, el mercado se rectificará por si solo de alguna forma y encontrará por el camino alguna solución tecnológica o de otro tipo.

Yo soy bastante agnóstico respecto a los poderes que se le atribuyen al libre mercado para alcanzar ciertos resultados. Por mucho que se aplace, una corrección del rumbo parece ineludible y no creo que él mismo sea capaz de hacerlo por su cuenta, al tener puesto el piloto automático por los intereses creados. Probablemente, llegará un día en el que se tendrán que revisar esas expectativas irracionales de crecimiento perpetuo. 

¿Ve posible en nuestra sociedad actual capitalista aplicar un modelo de decrecimiento?

Lo veo difícil porque el crecimiento económico es necesario en el capitalismo. Hasta donde yo sé, la salud de la economía depende del crecimiento en las principales teorías económicas que se barajan. Cuando este se frena, hay recesión y crisis. Entonces, parece que se acaba el mundo y que todo está justificado para volver a la senda correcta. Cualquier gobierno que aplique el decrecimiento se arriesga a acabar siendo sustituido. La oposición se rasgará las vestiduras y le acusarán de provocar paro y crisis. 

Me da la sensación de que quienes defienden el decrecimiento lo ven como una etapa necesaria para dar pie a otro modelo diferente al capitalismo. Lo que no tengo muy claro es si hay un plan alternativo para cuando la actividad se frene, cuál es ese plan y como se espera conseguir que suceda la transición hacia el nuevo modelo. 

Quizás, en parte por las dificultades en llevar el decrecimiento a la práctica, han aparecido otros planteamientos como el Green New Deal, que proponen una transición a otro modelo por medio de estímulos económicos. En teoría, impulsadas por mecanismos monetarios, la propia transición y la nueva economía crearán puestos de trabajo y riqueza.

¿Usted cree que mediante el uso de la tecnología se puede decrecer turísticamente? ¿De qué manera?

Hay modelos como la gestión inteligente del destino turístico o las licencias de actividad dinámicas que se han propuesto como soluciones para la saturación turística. No se habla de ellos como herramientas para el decrecimiento turístico, pero si ese fuese el objetivo, en teoría, también podrían ser utilizados. 

Estos planteamientos se basan en el big data y en todo tipo de sensores que recogen información para mejorar la toma de decisiones. Se utilizan tendencias de patrones de datos, mapeo, métricas de consumo de recursos… Con estas herramientas se pueden medir los costes ocultos del turismo, monitorizar la demanda turística, asignar los recursos locales necesarios, planificar o tomar decisiones informadas.

Se han planteado, por ejemplo, un censo y un registro digital de ocupación de los apartamentos turísticos. También licencias dinámicas para apartamentos o VTC que se habiliten en función de las necesidades de alojamiento o transporte de cada momento. 

Todo esto suena muy futurista y prometedor pero, luego, la realidad es otra. Hay una cuestión previa en la economía digital que no se ha discutido y que dificulta las cosas. Se trata de la naturaleza de los datos, de a quién deben de pertenecer y cómo se deben de gestionar. Tal y como están las cosas, gran parte de la información necesaria para mejorar las infraestructuras no está bajo el control del ciudadano titular ni de las autoridades responsables. Los datos hoy pertenecen a quien los extrae y son, generalmente, grandes corporaciones. Ellas los aportan solo si les interesa —como hace Airbnb, que pretende negociar con los ayuntamientos con sus datos para evitar multas o conseguir normas favorables—. Ellas son, precisamente, plataformas de crecimiento acelerado y no parece razonable esperar mucho entusiasmo por entregar su información para un supuesto «decrecimiento smart». 

¿Usted cree que hay diferencia entre el decrecimiento turístico y la sostenibilidad turística?

Normalmente, al hablar de sostenibilidad turística, a lo que nos referimos es al desarrollo —o crecimiento— sostenible del turismo. El decrecimiento cuestiona la idea misma del desarrollo entendido como crecimiento económico cuantificado. En muchos sitios, esa noción del crecimiento turístico sostenible empieza a manifestarse como un oximoron, ya que no parece posible crecer más sin deteriorar irremediablemente el entorno natural o social. Los planteamientos del decrecimiento llaman la atención sobre la contradicción que encierra el concepto de turismo sostenible. 

¿Ve posible aplicar acciones para el Decrecimiento Turístico en la Ciudad de Barcelona? ¿Qué acciones tomaría usted?

Creo que es importante abandonar los objetivos de crecimiento en términos brutos de la actividad turística. Estamos acostumbrados a contar turistas y comparar la cifra con años anteriores, pero no se sabe muy bien cual es el verdadero valor de esos incrementos para la ciudad. Se necesitan adoptar nuevas formas de medir la actividad turística y sus consecuencias, que tengan en cuenta todos los costes ocultos asociados a ella. Es necesario hacer un análisis honesto de los riesgos que acompañan a la especialización y a la saturación turística. En función de ese conocimiento, luego se podrán tomar decisiones bien informadas y canalizar los flujos turísticos.

La gestión del turismo ha sido tradicionalmente reactiva y centrada en la promoción. Ahora, se necesita adoptar otro estilo de gestión basado en medir, planificar y actuar. Si las conclusiones aconsejasen decrecer de forma ordenada y depender menos del turismo o cambiar el tipo de promoción, no debería de haber problema en hacerlo.

El ayuntamiento de Barcelona tiene un programa de soberanía tecnológica embrionario y prometedor. Busca recuperar los datos digitales para los ciudadanos y facilitar su uso en las infraestructuras públicas. Esto permitiría desarrollar un tipo de smart city que no acaba siendo propiedad de unas pocas empresas proveedoras de servicios y datos. Por extensión, también permitiría desarrollar la planificación smart del destino turístico. Medir, planificar y actuar sobre el turismo con nuevas técnicas como los Sistemas de Información Geográfica SIGs, entre otras. En Barcelona, se está trabajando en proyectos de identidad digital, participación ciudadana, contratos con proveedores del ayuntamiento que exigen que los datos se pongan a disposición de la ciudadanía. Todo lo que suponga avanzar en esta dirección me parece interesante.

Lo que se está haciendo en materia de promoción me parece menos interesante. El ayuntamiento se ha visto presionado a relanzar la marca Barcelona. Mediante un acuerdo con los grupos de influencia locales, se ha abandonado el relato de la ciudad turística a cambio de la ciudad creativa, la ciudad global o la festivalización. Barcelona quiere mostrarse ahora como una gran incubadora de startups o un foco de atracción para nómadas digitales. En otros lugares, este tipo de urbanismo centrado en la clase creativa o en la globalización ha dado resultados dudosos. Una alternativa en este ámbito es el de-marketing: dedicar menos fondos a la promoción —dejando que la haga el privado— y más a la gestión.

También podrían utilizarse otras herramientas que se proponen para la saturación turística:

Utilizar estrategias de precios. Estos podrían ser un buen método para influir en la demanda y conseguir los niveles deseados. Las atracciones turísticas producen aglomeraciones. Subir o bajar los precios dependiendo de la demanda puede ser una buena forma de mantenerla en niveles sostenibles. No se suele hablar mucho del precio del alcohol. El alcohol barato es una de las principales motivaciones para elegir el destino de quienes viajan. Atrae, especialmente, a un tipo de turismo masificado y problemático. Controlar la venta de alcohol a bajo precio es otra de las medidas que pueden tomarse para desincentivar a un tipo de visitante y dirigirse a otro.

Adoptar una modalidad preventiva de control de accesos. Es preferible evitar dar facilidades a los medios de transporte turísticos colectivos ya se trate de autocares, cruceros o aerolíneas low-cost que tener que gestionar aglomeraciones.

Mantener el control local del turismo es algo que está resultando ser esencial. Se necesita un gobierno municipal comprometido y con voluntad política. Ha de ser capaz de liderar y coordinar a los actores locales a la vez que colaborar con los otros niveles de la administración. El papel de una ciudadanía que se implica y se organiza también es importante. 

¿Usted cree que la clave del éxito de la introducción del concepto de decrecimiento turístico recae en el hecho de ser «objetivable»?

La cualidad objetivable del decrecimiento no me parece lo más interesante de los planteamientos de quienes lo proponen. El argumento es claro: la industria turística no podrá neutralizar el decrecimiento y vaciarlo de contenido —como hace con las calificaciones «sostenible» o «responsable»— debido a que sus datos son objetivables.

Sin embargo, uno de los problemas del turismo es que sus objetivos se miden en términos brutos de crecimiento. Los records de llegadas de visitantes se celebran año tras año como algo positivo, pero no sabemos si lo son porque no van acompañados de los costes ocultos de la actividad —lo que se gasta en aumentar la capacidad para todos los servicios y bienes públicos que requieren los turistas, el coste de las externalidades negativas de la actividad…—. Con los datos de decrecimiento, sucedería algo parecido; igualmente, serían objetivables, pero en términos brutos.

El hecho de que el número de turistas disminuya solo nos da ese dato, pero nos falta información para saber si debemos celebrarlo o no. ¿A quién le está afectando? ¿Qué alternativas tienen? ¿Qué tipo de economía está floreciendo en el lugar que queda libre? Aquí, existe el peligro de que estemos sustituyendo la «manía incrementalista» del turismo por una contraria pero equivalente: la «manía menguacionista» del decrecimiento que nos da unos datos que, quizás, son objetivos, pero no suficientes. 

¿Es necesario reemplazar el crecimiento por el decrecimiento sin más?

En línea con lo que ya se ha dicho antes, el objetivo del decrecimiento no debería de ser solo reducir el número de turistas que llegan al destino. Aplicar medidas de decrecimiento y esperar con los dedos cruzados a ver que pasa con la actividad económica no parece una actitud responsable. En Barcelona, quienes proponen el decrecimiento lo hacen para dar paso a una «economía cooperativa, social y solidaria». Un gobierno municipal decrecionista debería de rendir cuentas por los resultados de esa economía con la que se espera sustituir a la actividad turística. Si la ausencia de turismo da paso a paro y crisis, el decrecimiento no dará resultados y se pedirá volver a lo anterior. La irritación, un detonante de la movilización y la toma de medidas, acabará en resignación. 

¿Es el decrecimiento la solución ante los impactos negativos del turismo? ¿O, por el contrario, una utopía?

Los impactos negativos del turismo se deben muchas veces a los volúmenes masivos con los que trabaja esa industria. Parece razonable esperar que reduciendo unos, se mitigarán los otros. 

El decrecimiento no es una utopía, al contrario, lo que parece utópico es confiar el futuro a un solo escenario: el crecimiento turístico infinito. Sencillamente, se trata de una cuestión de análisis de riesgos, algo que cualquier empresa medianamente seria está acostumbrada a hacer con los medios más o menos sofisticados que tiene a su alcance. Del mismo modo, un destino turístico debería hacer una revisión consciente de los factores de riesgo que le pueden hacer declinar. Eso significa hacer predicciones y analizar escenarios posibles para diseñar las políticas adecuadas.

El decrecimiento es necesariamente uno de esos escenarios previsibles. Sin embargo, al sector tradicional le cuesta hacer una evaluación sincera de la situación y los riesgos. Para él, todo se suele reducir a un problema de imagen que se espera solucionar con campañas publicitarias. No se admiten posibles fallos en una asignación de recursos que se ha visto desbordada por la demanda turística, de la que, en gran parte, es responsable la industria. 

Esto se ve claramente en Barcelona. La ciudad está en una situación de riesgo de perder competitividad y calidad turística por la saturación. Además, su economía es altamente dependiente del turismo —otro de los factores típicos de riesgo—. Los grupos de presión locales, sin embargo, se centran en una crisis de reputación y se dedican a pedir más inversión pública en promoción para algo que ellos llaman «cambiar el relato». 

De puertas adentro, sin embargo, algunas empresas sí que contemplan el escenario de decrecimiento para sus propios intereses. Es interesante escuchar a Chris Lehane, el estratega de Airbnb, hablar de Barcelona en una mesa redonda en su país. Para él, las protestas turísticas y la regulación restrictiva con su empresa son un error de calculo de esta ciudad. En algún momento, el turismo decrecerá y Barcelona se dará cuenta de cuánto lo necesita para pagar sus servicios públicos. Entonces, la multinacional tendrá una posición privilegiada para conseguir regulaciones favorables. La popularidad de estas plataformas es tal que podrían llegar a tener capacidad para influir en las decisiones de viaje del usuario. Esta influencia se pondría sobre la mesa en las negociaciones con los ayuntamientos sedientos de turismo por el escenario de decrecimiento. Estos acabarán teniendo que transigir con el turismo low cost que les ofrece la compañía. 

Las empresas con visión de futuro trabajan con naturalidad con la previsión de decrecimiento, aunque sea para sus propios objetivos en contra de los intereses de la ciudad. Por su bien, los destinos turísticos que miran al futuro también lo deberían hacer. 

§

Estas fueron mis respuestas para un cuestionario de alumnos del CETT sobre decrecimiento.