Internet acaba de cumplir los 30 con poco que festejar, según algunos. Hace no mucho, cualquier novedad digital se celebraba como un avance indiscutible. Pero, ahora, estamos en otra fase. El rechazo tecnológico —techlash— empezó a echar raíces unos meses después de la victoria de Trump facilitada, en parte, por su maestría en el uso de las redes sociales como herramienta política. Desde entonces, un sector creciente del público ha empezado a comprar menos el discurso de la innovación y a fijarse más en sus consecuencias.

Puede que ahora tengamos al alcance de la mano más formas de conectar que nunca, pero el entorno loco que hemos creado con ellas empieza a ser preocupante. La vida política, radicalizada; el debate público, en el lodo y la salud mental del usuario, empeorando por la adicción y la sobrecarga de información. La evolución de Internet en los últimos años tiene mucho que ver con lo que nos está pasando. Sus efectos nocivos se comparan a menudo con los de las drogas o la comida basura.

Los posibles remedios también se inspiran en la alimentación y las formas de tratar las adicciones. Junto con la desintoxicación digital, un movimiento slow como el de la comida está tomando forma en lo tecnológico. Sus seguidores proponen rutas alternativas hacia una tecnología sana, natural y km cero.

Desconexión

Para la mayoría, irse a vivir a un pueblo en las montañas sin Internet no es una opción. El detox digital está pensado para casos graves de sobrecarga o adicción. El tratamiento es temporal y consiste en pasar el fin de semana en un hotel sin wifi o una temporada en un campamento para adolescentes o ejecutivos enganchados al móvil. Después de un periodo de desconexión total, se espera que los rehabilitados empiecen una nueva etapa más comedida. Observar un sabath, o un ayuno periódico, que no permita usar dispositivos electrónicos, es una variante.

Resulta más fácil dejar el café que darse de baja de todos los GAFAM. Los colosos tecnológicos son los guardianes de los portales de Internet. Ese es su territorio y tienen licencia para espiar y explotar los datos de quienes entran en él. Su rastreo es indiscriminado e incluye tanto a los usuarios como a los que no lo son. Sus servicios están por todas partes y, muchas veces, se utilizan sin saberlo. Renunciar a ellos significa, frecuentemente, perder el capital de relaciones y contactos acumulado durante años o ponerse obstáculos a uno mismo para una vida social o profesional plena.

Dosificar

Una opción menos drástica es descafeinar la tecnología. Hay trucos para prescindir de los rasgos más adictivos de los móviles; aquellos que han sido diseñados para captar constantemente la atención de su dueño. Configurarlo para que se vea la pantalla en blanco y negro o apagar las notificaciones son, por ejemplo, un par de ellos.

No podían faltar los libros que proponen aplicar la filosofía de Mary Kondo al consumo de la tecnología. Si minimalismo es el arte de saber cuando algo es suficiente, el digital lo aplica a lo tecnológico. Las desconexiones totales no funcionan a la larga, la alternativa es el minimalismo digital. La clave para tener una vida enfocada en un mundo ruidoso es hacer un uso personal de los aparatos que te rodean. Si sabes aislar qué actividades dan verdaderamente sentido y satisfacción a tu vida, ya nunca más experimentarás la saturación ni el FOMO —el miedo a perderse lo que hacen los demás—.

Newsfeed

Continuando con la metáfora nutricionista, el newsfeed —hilo de noticias—, con su scroll infinito, sería el bufé libre lleno de hidratos y grasas que una dieta sana en tecnología recomienda evitar. Hay varios consejos para que sea el usuario quien lo domine y no al revés.

2019 es el año en el que algunos han sustituido como fuente de información los newsfeeds —Facebook, Twitter y similares— por las newsletters. Estas no buscan absorber tráfico con titulares llamativos y contenidos virales, sino crear una audiencia fiel. Además, las buenas historias, los mejores periodistas y los datos más contrastados todavía están en redacciones de publicaciones profesionales. La forma de no perdérselas es estar suscrito a su boletín y recibirlas en la bandeja del correo electrónico, sin depender de un algoritmo que decida las noticias que se muestran.

Algoritmo

Sin embargo, no es necesario prescindir totalmente del algoritmo como medio para descubrir información. Al fin y al cabo, en los hilos de Twitter o Facebook, es donde nos enteramos de las nuevas newsletters, los periodistas y los medios digitales que merece la pena seguir. El problema es que las redes sociales, tal y como se nos presentan hoy en día, son especialmente tóxicas y están repletas de una visceralidad estéril. Una solución es trastocar nuestra experiencia en ellas y usarlas, por ejemplo, solo como medios de lectura. Dejar de publicar en Twitter y convertirlo, en su lugar, en un hilo de recomendaciones. Los enlaces que publican aquellos a quien seguimos aparecerán en el orden que establezca el algoritmo.

Los entornos digitales son alienantes por diseño, ya que han sido desarrollados dando prioridad al crecimiento, la escala y el engagement. Favorecen los contenidos dirigidos a captar la atención del usuario y a tenerle todo el tiempo interactuando con la plataforma. Algunos retoques en el feed y el algoritmo sirven para retomar el control de lo que uno ve. Existen bloqueadores de feeds que quitan el hilo y mantienen el resto. Una vez activados, la red todavía se puede seguir utilizando para ver los perfiles de los amigos, sus eventos, contactar con ellos o hacer búsquedas. Por su parte, Twitter permite suprimir temporalmente el filtrado algorítmico y ver las publicaciones en orden cronológico.

Chat

Otro enfoque es el de algunos grupos de amigos que han acordado entre ellos no hacerse retweets ni likes, sino solo twittear y contestar cuando se quiere empezar una conversación. De esta forma, se potencia el discurso y la interacción real.

Los grupos privados de chat pueden convertirse en espacios seguros donde reforzar lazos entre miembros. Las estadísticas muestran que los usuarios comparten cada vez más en privado, a través de mensajería, y menos en público.

Conviene evitar el ecosistema Facebook-Instagram-Messenger-Whatsapp y utilizar otros alternativos. Desde hace unos años, el plan de Zuckerberg es fusionar esos servicios en una super-app similar a la china Wechat y ofrecer ese espacio a sus anunciantes. Esto supondrá que los negocios estarán invitados a las conversaciones privadas. Su visión es que los chats sirvan para que las empresas hablen directamente con el cliente, le presenten sus productos, los vendan y los cobren sin salir de ese entorno. Si Facebook ya consiguió convertirse en la plaza del pueblo con su newsfeed, con Messenger quiere ahora conquistar el salón de tu casa.

Moderación

Los mecanismos de moderación son impopulares. Redes como Twitter han crecido entre trols y han prosperado gracias a ellos. En estos entornos, está muy extendido cierto fundamentalismo de la palabra que considera censura a cualquier medida para serenar el ambiente. Los contrarios al no-platforming —expulsar de la plataforma a las voces que secuestran y barbarizan la conversación— parecen olvidar que esas plataformas por naturaleza ya están intervenidas. Existe un mercado subterráneo de anuncios que dicta cuáles son los contenidos más rentables. Es a esos a los que se da preferencia, mientras que los que no encajan en ese criterio de maximización de audiencia acaban, de alguna forma, penalizados.

Aprendiendo de los errores de Twitter y las otras, proyectos como Mastodon pretenden crear espacios de diálogo libres de troles, de viralidad y de aquello que convierte a las redes sociales en sitios tan desagradables a veces.

Por último, uno de los formatos más slow que se puede encontrar en la web es el podcast. Por su configuración es difícil de viralizar y está destinado a crear audiencias fieles como las de los boletines gracias a contenidos de calidad.

Bifurcación

La blogosfera de los primeros dosmiles era un espacio todavía en construcción. Cada cual se las arreglaba para hacerse un hueco en ella con herramientas precarias. El diseño y la usabilidad eran primitivos. Pero, poco a poco, estaba mejorando y allí se formaban relaciones significativas e iban apareciendo negocios. A mediados de la década, las grandes plataformas absorbieron toda esa energía. El éxito hegemónico que lograron lo cambió todo. El slow tech pretende recuperar ese elemento artesanal perdido que caracterizaba a la red antes de acabar siendo controlada por la industria pesada de Google, Facebook y compañía.

No es tanto nostalgia del pasado como un ciclo en evolución. Tras una fase de celebración, lo que toca es ahora es reaccionar ante los excesos. El usuario insatisfecho tiene enfrente una bifurcación hacia una internet menos centralizada.

El lujo de la Privacidad

Al movimiento slow en tecnología, lo mismo que al de la agricultura ecológica, se le critica por ser elitista. Como los productos bio, las alternativas a los servicios de las grandes tecnológicas siempre serán más caras. Difícil no serlo cuando los regalan gratis. Pero este argumento esconde una trampa, ya que no tiene en cuenta los numerosos medios que las plataformas utilizan para extraer valor del usuario.

Si nos fijamos en una de las principales preocupaciones de los partidarios de la tecnología responsable, la privacidad, son Facebook y compañía los que la han convertido en un derecho premium. Al final, esa es la consecuencia de ofrecer libre acceso a la plataforma a cambio de vigilancia. Zuckerberg sabe muy bien que la privacidad es un lujo. Para protegerse de las indiscreciones, se ha comprado varias casas que rodean a la suya. Son unas precauciones que no están al alcance de cualquiera.

Su empresa ha contribuido a que así sea. Y es algo que sucede, en especial, con los más vulnerables. Facebook extrae de ellos datos de comportamiento. Luego ofrece sus perfiles a los anunciantes que los usan como blanco de sus objetivos comerciales o políticos. Hay mucha gente que no tiene la información o los medios para reaccionar. Muchos no pueden hacer otra cosa que tolerar las intromisiones.

Muro

Hoy no hay un diagnóstico único para lo que está sucediendo en el entorno digital. Si se lo preguntas a un programador informático, te dirá que la culpa no es del software, sino del modelo de negocio. A otros lo que les preocupa es el patrón de crecimiento de las startups. Ambiciosos emprendedores, presionados por impacientes inversores, buscando formar parte del sistema a cualquier precio. Al fin y al cabo, la palabra «startup» no es sino una variante de «upstart», una forma en inglés de decir trepa. El mercadeo subterráneo y opaco con la información privada que sucede en las plataformas que practican la vigilancia es el culpable para otros. Lo que estos proponen es acabar con esa nueva economía basada en datos de comportamiento y anuncios.

Todos los hacks y trucos que propone la slow web no dejan de ser apaños individuales para una cuestión de sistema. La escritora Shoshana Zuboff en su libro La era del capitalismo de vigilancia recuerda un momento de la historia que le sirve para diferenciar dos formas de resistencia a un sistema injusto. Desde que se construyó el muro de Berlín en 1961, decenas de túneles se excavaron clandestinamente. Por ellos, unos cientos de personas consiguieron escapar de un régimen que querían dejar atrás. Pero el 9 de noviembre de 1989, una multitud de decenas de miles se fue congregando frente a un puesto fronterizo exigiendo salir. Ciertamente, aquella seguridad en sí mismos se debía a cambios sociales y políticos profundos en marcha en aquel momento, sin embargo, una determinación renovada fue la que hizo caer el muro aquella noche.

Darse de baja de Facebook o Google o utilizar trucos para burlar su vigilancia equivale a los túneles que durante años se escavaban bajo el muro. Acciones como esas no impiden ir buscando al mismo tiempo una verdadera alternativa al poder excesivo que todas esas corporaciones han acumulado. ¿Por qué conformarse con esquivarlo cuando lo verdaderamente liberador sería hacerlo caer, como paso en el Berlín del 89?