Ir a ver osos polares, glaciares o arrecifes de coral antes de que desaparezcan; en eso consiste el «turismo de la última oportunidad», un controvertido nicho que, desde hace unos años, tiene un hueco en el mercado del viaje. Encuestas hechas sobre el terreno confirman que ese suele ser el principal aliciente de los que visitan zonas especialmente castigadas por el cambio climático. Con muchas de las riquezas naturales del planeta en peligro, no les faltan sitios para elegir.

La paradoja que encierran estos viajes no es difícil de detectar. Los costes ecológicos de transportarse a destinos remotos avivan todavía más el cambio climático. Es precisamente en esos entornos frágiles dónde sus efectos se acaban notando en primer lugar y con más intensidad. Allí, los visitantes son espectadores privilegiados de los perjuicios que ellos mismos, en parte, están causando.

Ante las objeciones éticas que se le oponen, el turismo de la última oportunidad responde con el argumento de la concienciación. Las experiencias que se ofrecen resultan tan reveladoras para quienes las viven que se espera que tomen conciencia de la necesidad de implicarse en causas medioambientales.

Involucrar al turista

Durante la visita, se crea un vínculo emocional con esos paisajes o especies amenazados. Aprovechando esa predisposición, a los participantes se les anima a comprometerse en distintos programas para que reduzcan su huella de carbono en el futuro. Se les propone, por ejemplo, apoyar tecnologías de captura del carbón o financiar energías renovables u otras tecnologías verdes.

Estos programas son siempre voluntarios y, de momento, parece que el porcentaje de compromiso que se consigue es bajo. Solo un 10% de los turistas acaban involucrándose. Algunas actividades funcionan mejor que otras. Las visitas a osos polares, por ejemplo, son un buen reclamo. El público conecta rápidamente con un animal carismático que identifican como la mascota del cambio climático. Los organizadores de este tipo de experiencias son los que más implicación consiguen para causas medioambientales.

Impactos locales

Hay negocios turísticos situados en esas zonas sensibles que prefieren dar un enfoque local a sus responsabilidades con la comunidad que les acoge. No niegan la importancia de objetivos medioambientales globales, como la reducción de emisiones del carbono. No podrían hacerlo, ya que, precisamente, sus poblaciones están siendo las más castigadas por los efectos del cambio en el clima. Sin embargo, los beneficios de esas aportaciones a causas lejanas y etéreas apenas se notan en esa comunidad. Lo que se propone en su lugar es apoyar proyectos locales —como la protección de la fauna autóctona o mejoras en los sistemas de recogida de basuras—.

En un artículo anterior, uno de estos destinos situado en la frontera norte de Canadá aparecía como ejemplo de esa forma de entender la responsabilidad social corporativa que rinde cuentas, sobre todo, con el entorno local.