«La propuesta del ‘green new deal’ es la de un cambio estructural de nuestro sistema económico, como en su momento fue el ‘New Deal’ de Franklin Roosevelt en los años treinta; esta vez, para salvaguardar nuestro futuro y el medioambiente. Por mucho tiempo nos pidieron cambiar nuestros estilos de vida para revertir la crisis climática, que el cambio fuera individual. Eso está muy bien, pero no es suficiente. La verdadera llave es el grifo del crédito. Tenemos que aprender a gestionar mejor nuestro crédito». Ann Pettiford en El Confidencial 4/12/2019

El Green New Deal —o nuevo pacto social verde— es un plan radical para hacer frente a los retos climáticos globales. Una buena parte de la comunidad científica y algunos sectores de la sociedad entienden que la amenaza del cambio climático causado por la actividad humana es de tal magnitud que exige tener listo un marco de acción contundente. Revertir la situación justifica un esfuerzo colectivo masivo comparable al del New Deal puesto en marcha por el presidente de los estados unidos F.D. Rossevelt para sacar al país de la Gran Depresión. 

A principios de este año, la idea del Green New Deal —GND— se viralizó cuando la congresista más joven y mediática de los EE. UU. presentó su versión. El GND de Alexandria Ocasio-Cortez es en parte original y en parte se inspira en uno anterior diseñado hace más de diez años por un equipo de economistas y ecologistas en Inglaterra.

El turismo no se libraría de los efectos de un plan como el GND. Las profundas transformaciones necesarias para descarbonizar la economía no son compatibles con la forma que tenemos de viajar hoy en día. Nuestra luna de miel con el coche y los aeropuertos debe necesariamente de evolucionar hacia otras formas de movilidad.  Sin embargo, el sector turístico no se muestra especialmente preocupado por estos planteamientos de momento. El GND se ve como algo irrealizable y altamente improbable. Los políticos que lo apoyan tienen hoy pocas —Bernie Sanders— o cero —Jeremy Corbin— probabilidades de llegar a gobernar para ponerlo en marcha. 

Quienes proponen un nuevo pacto social verde cuentan con que no tardará en llegar uno de los bruscos giros inevitables en economía. En cualquier momento, la economía globalizada tal y como la conocemos no será capaz de dar soluciones a las graves crisis ecológicas o financieras por venir. Esta vez, al contrario de lo que sucedió tras el crack bursátil del 2008, la respuesta estará preparada y los ciudadanos contarán con una alternativa. 

En su libro The case for the Green New Deal, la economista Ann Pettiford —en cuyo apartamento de Londres se reunió entre 2007 y 2008 el equipo que elaboró el plan original— cuenta los inicios, los 7 principios del GND británico y sus diferencias con el norteamericano.  Lo que sigue son extractos comentados de los aspectos del plan con más relación con el turismo. A destacar, tres cuestiones que le afectan especialmente: los impuestos al carbono aplicables a las actividades turísticas, la posición ante el decrecimiento turístico y las necesidades o deseos de hacer turismo.

Los impuestos al turismo en el Green New Deal

Lo interesante de ese Green New Deal es que no ha sido concebido, principalmente, como un gran estímulo con cargo a los presupuestos públicos. Su fundamento es, ante todo, una profunda reforma del sistema financiero y monetario. Su autora advierte de la tentación de ver a los impuestos a las emisiones de carbono como la principal herramienta para luchar contra el cambio climático. Los impuestos al carbono pueden tener un papel importante, aunque limitado, para cambiar comportamientos y deberían dirigirse siempre a los mayores emisores, no a los ciudadanos de a pie. En caso contrario, resultarán regresivos y retrasarán la transformación de la economía no basada en los combustibles fósiles. 

«La transición a la escala que la imagina en GND nunca se va a poder financiar mediante impuestos. Los organismos públicos no se pueden embarcar en proyectos de esa magnitud solamente consiguiendo más dinero mediante impuestos. Los impuestos son una consecuencia de las inversiones públicas y privadas, no una fuente de financiación en sí misma. Reino Unido no rescató a los bancos mediante impuestos, sino invirtiendo 100 billones de libras de una tacada. ¡Utilizó el sistema de crédito! Para mí, lo que tiene que pasar, es que el Estado invierta en alternativas energéticas, de transporte y en formas distintas de emplear la tierra. El sector privado es muy temeroso, no quiere tomar esos riesgos. Solo el Estado puede hacerlo». Ann Pettifor en Climática 19/11/2019

Es lo que decía Ann Pettifor en una entrevista en España. En su libro, proyecta una inversión masiva en infraestructuras dirigida a abordar el descalabro medioambiental. La transformación urgente se conseguirá con gobiernos trabajando con el sector privado para construir alternativas a los sistemas financieros, de transporte, energía o construcción. Una vez estos están implementados, será necesario usar impuestos al carbono para incentivar o desalentar comportamientos en el público. Sin hacerlo antes, los impuestos por el contrario corren el riesgo de poner la carga del ajuste del carbono en los más pobres, mientras desincentivan la inversión pública a gran escala en sistemas alternativos. 

Esto no son necesariamente buenas noticias para el turismo. El GND no se ha desarrollado con tanto detalle como para entrar en sectores específicos y no se menciona nada expresamente sobre él. Sin embargo, cave poca duda de que el turista es uno de esos grandes emisores minoritarios cuyo comportamiento habrá que reorientar con impuestos verdes si fuese necesario. 

El turismo no lo tiene fácil para argumentar que los impuestos a las emisiones de carbono que se le impongan serán regresivos. Esto es especialmente cierto en el caso de la aviación. Cuando esta se opone a ser gravada, da la sensación de que los estados pretenden subirle los impuestos con nuevas tasas verdes. Sin embargo, esto no es así. Ella no paga ninguno al estar regulada por organismos supranacionales que lo impiden. En realidad, lo que algunos países de la EU quieren es, sencillamente, obligarle a que tribute como ya hacen otros medios de transporte contaminantes como coches o camiones. 

Por otro lado, las ecotasas y otras tasas turísticas suelen encontrar menos oposición entre los que viajan que en la propia industria. Esta suele resistirse de la forma más sonora, mientras que aquellos las aceptan bien. El turismo es un gasto ocasional y los viajeros están concienciados con los impactos medioambientales y sociales que provocan. Sondeos en mercados emisores como Reino Unido, por ejemplo, apuntan a que a los turistas ingleses no les importa pagar un poco más si saben que contribuyen a mantener los lugares que visitan. 

Aunque el aumento del número de turistas internacionales en las últimas décadas ha sido tan espectacular como para que se suela habar de una «democratización del viajar», los que se lo pueden permitir siguen siendo menos del 10% de la población mundial. Este crecimiento del turismo responde a un patrón que puede apreciarse en una imagen mundial de una web como Fligthradar24 que muestra los vuelos en el mundo a tiempo real. A cualquier hora del día o de la noche, dos densos enjambres de aviones se concentran principalmente sobre Europa y EE.UU.

Los viajes son ahora más cortos y frecuentes y abundan las escapadas urbanas de unos pocos días entre países cercanos. El ciudadano móvil todavía se concentra de una forma muy mayoritaria en los países e individuos con rentas elevadas. 

El investigador Kevin Anderson —que aparece citado en el libro del GND— vincula la lucha contra el cambio climático con los asuntos de igualdad. Según él, la base del fracaso de la comunidad internacional para abordar seriamente la crisis ecológica es el tabú que existe acerca de la distribución asimétrica de la riqueza que se refleja claramente en las emisiones. Ya en 2015, el Informe de desigualdad del carbono de Oxfam incluía un gráfico elocuente donde el 1% más rico de la población del mundo emite 30 veces más carbón por cabeza que el 50% más pobre. 

Kevin Anderson hace una propuesta provocadora: si se consigue convencer al 10% de los habitantes más contaminantes del planeta de que cambien su estilo de vida adaptándose a la media de emisiones de carbono europea —no a la de los países africanos—, estas se reducirían de inmediato en 1/3. El 90% restante de la población no necesitaría reducir sus impactos bastaría, simplemente, con no aumentar su huella. 

Cabría preguntarse si lo regresivo no será la excepción que excluye de impuestos a una actividad contaminante. En otro artículo se argumenta que el modelo que se basa en la movilidad barata de las mercancías y las personas tiene costes medioambientales y sociales elevados que contribuyen a agravar los actuales desafíos desigualitarios y climáticos.

Gren New Deal y decrecimiento turístico

El GND no es decrecionista a pesar de que «abandonar la ilusión de una expansión infinita» es uno de sus 7 principios. En la versión de Ann Pettifor y su equipo, el plan se suma a la crítica del autor Herman Daly a la idea de crecimiento que preside la economía ortodoxa. El crecimiento así entendido, para él, es rechazable porque «ignora la finitud, la entropía y la interdependencia ecológica, debido a que el concepto de rendimiento —la velocidad a la que algo puede ser procesado— está ausente».

Si bien el GND invita a deshacernos del término «crecimiento», evita igualmente el término «decrecimiento», porque mediante la negación de aquel, solo se refuerza el concepto. Mejor buscar una alternativa, en este caso: la economía de estado estacionario, aquella orientada a sostener la vida en la tierra que se conseguirá respetando 9 fronteras ecológicas enunciadas en el plan. 

«Minimizar el desperdicio adoptando bucles cerrados de métodos de reciclaje será central en la economía de estado estacionario. lo mismo que el desarrollo rápido de redes de recursos y energía de soporte mutuo donde la gente viva y trabaje. Estas actividades asegurarán que el de capital físico se mantiene estacionario mientras la actividad económica y social construye y reconstruye la salud del sistema general». The case for the green new deal, Ann Pettifor

En una economía de estado estacionario o circular según Herman Daly, el principal proponente de este paradigma económico, hay dos poblaciones físicas —gente y artefactos— que existen como elementos de un sistema natural más grande. Los artefactos —capital físico—, al igual que la gente, están al servicio de las necesidades humanas y no de los deseos. Lo que se mantiene constante es la acumulación de capital en el sentido más amplio del término incluyendo: bienes de capital, el inventario total de bienes de consumo y la población de cuerpos humanos. Lo que no se mantiene constante es la cultura, el cuidado, el amor, la herencia, el conocimiento, la bondad, los códigos éticos, la empatía, la inteligencia, el juicio y demás valores que los seres humanos llevan consigo. 

Si usamos «crecimiento» para referirnos al cambio cuantitativo y «desarrollo» para el cualitativo, la economía de estado estacionario se desarrolla, pero no crece —justo al igual que la economía de la tierra, de la que los humanos somos un subsistema, se desarrolla, pero no crece—. 

¿Cómo sería el turismo en esta economía de estado estacionario? Para llegar a intuirlo antes falta ponerla en relación con el segundo de los principios del GND «necesidades limitadas, no deseos ilimitados».

El turismo ¿necesidad o deseo?

Para evitar el colapso de los sistemas terrestres, el GND plantea límites estrictos al consumo aparentemente ilimitado de las economías y sociedades capitalistas. Más allá de estos, el plan se ocupará de satisfacer las necesidades limitadas de la sociedad. Estas necesidades básicas son las «precondiciones universales para la participación efectiva en cualquier forma de vida social». Aquí el libro hace referencia al trabajo del economista Ian Gough.

«Las necesidades humanas, al contrario que las preferencias los deseos y la felicidad del consumidor, no son morálmene neutras. Implican obligaciones éticas de los individuos y exigencias de justicia —derechos universales y obligaciones— en las instituciones sociales. En el Antropoceno, imponen estándares de suficiencia y la prioridad moral de esas necesidades humanas —presentes y futuras— por encima de las preferencias o deseos de los consumidores». The case for the green new deal, Ann Pettifor

El GND busca satisfacer necesidades, no deseos. Para optimizar estas necesidades, según Gouh, las sociedades necesitan libertades: libertad entendida como ausencia de opresión — garantía de derechos cívicos y políticos—, libertad para satisfacer necesidades y liberad de expresión política. 

Entonces, ¿a qué ámbito pertenece el turismo? ¿al de las necesidades limitadas o al de los deseos ilimitados de la sociedad de consumo?

Por un lado, existen necesidades humanas de descanso, tiempo libre/desconexión o conocimiento/conexión que deben de ser atendidas por la economía de estado estacionario. Igualmente, hay deseos infinitos no prioritarios de mostrar estatus, de acumular capital social para destacar o de autoactualizarse a las últimas novedades. ¿A cuál de estas dos categorías atiende el turismo contemporáneo?

Se suele hablar de la «democractización del viajar» que ha supuesto el turismo de masas. A este fenómeno se le asocia con la declaración del derecho al descanso y la generalización de las vacaciones pagadas que empezó a mediados del siglo pasado. De actividad elitista, el turismo pasó, primero, a lujo ocasional para la clase media y, posteriormente, a producto de consumo en los países desarrollados —y ahora en algunos en desarrollo—. Sin embargo, una evolución como esa no lo ha convertido en una actividad más imprescindible a la hora de atender necesidades humanas limitadas. Considerar como tal a ir a divertirse a países con mejor clima y más baratos no tiene sentido. Pero al turismo también se le suelen atribuir una capacidad transformadora y ser una fuente de conocimiento para quien lo practica. 

Es cierto que no es fácil que uno adquiera una mentalidad empática y abierta sin salir del lugar donde ha nacido y sin tener contacto con otras realidades diferentes. Las personas nos enriquecemos interiorizando la alteridad para redescubrirnos a nosotros mismos conociendo mejor a los demás. El viaje puede ayudar en esta necesidad de conocimiento y conexión, pero, para ello, se necesitan ciertas condiciones. Se requiere una experiencia capaz de sacudir nuestras estructuras de creencias y valores con la duda, para hacernos integrar en ellas a los demás. 

Por su parte, el turismo se esfuerza por mantener a quienes viajan en burbujas seguras y confortables de espaldas a las realidades a veces incómodas de los destinos. El ejemplo extremo son los viajes a resorts de todo incluido donde el contacto con el residente apenas se limita al personal del hotel. A otro nivel, sin embargo, lo mismo sucede en el centro gentrificado de cualquier ciudad turística del mundo. En torno a un monumento icónico, todos ellas comparten tiendas y cafés parecidos de las mismas marcas. Es discutible que las estancias cada vez más cortas de un turismo que busca lugares fáciles y homogéneos sea el tipo de movilidad que ofrezca esa conexión verdaderamente enriquecedora que satisfaga más que un deseo y atienda a una necesidad humana. 

El turismo necesitaría evolucionar o ser sustituido por otro tipo de movilidad orientada a las necesidades de conocimiento y conexión que se mantenga apartada de los coches y vuelos frecuentes. Esta nueva forma de viajar se parecería más a ir a otro país a estudiar, emigrar o cambiar o rotar de residencia. El turismo como tipo de movilidad obsoleta ante el reto climático es una implicación radical de un plan radical con implicaciones para todo.